Joaquín Rubio Tovar, Viaje a la muerte, Madrid, La Discreta, 2016.

El lector amante de las salpimentadas novelas de intriga de Eduardo Mendoza y de Andreu Martín encontrará en Viaje a la muerte un pendant o correspondiente madrileño en las tres novelas del ciclo Carrasco, ideado por el filólogo y prosista Joaquín Rubio Tovar. Tras El sueño de los espejos (2008) y Alguien envenena a los pájaros (2011), el comisario Carrasco regresa a las librerías sin haber querido intimar con su autor, pero habiendo conocido, siquiera de lejos, a su padre literario, y sabiéndose ya letra impresa y alimento de, al parecer, pocos lectores. Tenía que ser, naturalmente, en un año tan cervantino como 2016.

El astuto e insobornable comisario José Carrasco vive horas bajas tras su precaria y poco honrosa prejubilación. Se ha instalado en los altos de una peluquería de barrio y acepta casos de poco pelo de entre los cuales surge un encargo excepcional que llevará al ahora detective privado Carrasco a investigar, con el auxilio de un puñado de sagaces inadaptados, un caso con ramificaciones internacionales y sembrado de muertes.

El estilo tragicómico de Joaquín Rubio se presenta en esta novela más depurado que nunca, con una sintaxis que por momentos parece arrancada del Antiguo Testamento, diáfana y cortante en los inicios, pero que se va enmadejando según avanza la trama. La narración, que comienza, clásica, con dos líneas paralelas, se ramifica secuencia a secuencia, en un crescendo orquestal que recuerda al del famoso bolero de Ravel. La extraña situación inicial, todavía en los límites de la razón, se fragmenta y desarticula conforme progresa la insólita aventura, desembocando en un finale donde los hechos claudican ante el absurdo de su origen y el contexto económico y social que los ha propiciado.

La intriga, como siempre en las novelas de Carrasco, se ve salpicada de reflexiones muy atinadas sobre las falacias del hombre moderno y su insoportable estupidez. Frente a ella se alzan los marginados, pobres estoicos de apariencia ridícula que proceden, como don Quijote y Sancho, de los pueblos de La Mancha, como uno de los antecedentes de Carrasco, el Plinio de García Pavón. Estos lúcidos cuasi mendicantes, seres anfibios de la cultura moderna, criados entre el pueblo y la ciudad, no son muy diferentes de aquellos personajes que pueblan los tebeos de Mortadelo y Filemón en Ibáñez o las viñetas de Forges, siempre trascendidos por una cándida y a la vez socarrona integridad moral.

Sus formas son sanchoquijotescas en grado sumo, pues en ellos, el vuelo alto y a ras de tierra se alternan sin solución de continuidad, con lo que pasamos de una página a la otra de la lengua del sainete a refinadas bromas centroeuropeas en las que surge, por ejemplo, el nombre de Bruno Walter. Todo es al mismo tiempo subterráneo y aéreo, y en eso Carrasco y Joaquín Rubio nos recuerdan en ocasiones a Edgar Neville, Gómez de la Serna, Valle-Inclán… Penetramos en los reinos de Plutón, en el laberíntico subsuelo de Madrid, mientras en la superficie los trayectos de los personajes se suceden como en una vista aumentada, pero también deformada, de googlemaps. Y, finalmente, todo se refiere a eso tan aéreo, extra corporal, como es la vida después de la muerte, y la pesadilla de no podernos librar siquiera de la vida después de muertos, porque ciertas grandes corporaciones, que ya nos exprimen hasta el último aliento, se han empeñado en amar nuestros lamentables bolsillos más allá de la muerte. Una divertida parábola que, por momentos, nos puede dejar helados.

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