Ayer sábado (23 de agosto de 2014) murió Santiago/Jaume Vallcorba, conocido universalmente después de 1999 como editor de El Acantilado, la editorial independiente de mayor prestigio en el mundo de las letras españolas durante los últimos 25 años, con el permiso del resto de compañeros de vocación en tan atribulados menesteres culturales. La reacción más amplia y cabal de su trayectoria ha sido recogida en las páginas de El País del domingo 24 (sección “Cultura”, 32-33), que ha estado a la altura tanto en la inmediatez de la respuesta como en la valoración del calibre de la misma, por lo que justamente subtitula: “Luto en las letras españolas”. Cabe desear que alguien, ‘alguienes’ o quien sea el ente capaz de ello en la república de las letras recoja el testigo de rigor, elegancia, fina ironía y altura de miras que caracterizó a Vallcorba.

Los títulos de los artículos de El País no dejan, en realidad, presagiar nada bueno: “Adiós a un humanista de la edición” (que hace suponer que la edición española no está gobernada por humanistas, sino que el fallecido constituía excepción, aunque ahí está la labor de proyectos como el de Galaxia Gutenberg o Pre-Textos, por ejemplo); “Una tragedia (…) cultural” (como si hubiera caído el último dique de contención); “Un editor providencial” (como si el editor en cuestión hubiera pasado por este valle de lágrimas como Mesías apaleado); “Un antisistema del buen gusto” (como si el buen gusto pudiera ser sistemático).

Los habrá ahora (políticos, consejeros culturales, paniaguados intelectuales, periodistas de medio pelo) que se rasgarán las vestiduras en nombre del evanescente “humanismo”, que con generosidad y acierto se atribuye a Vallcorba como característico y hasta antonomástico.  Cito unas palabras de Jordi Llovet: “A esto cabe añadir su formación de romanista y medievalista, que es la profesión que ejercieron los grandes comparatistas europeos del siglo XX: Auerbach, Curtius, Highet, pero también Martín de Riquer -a quien mimó y editó sin tregua-, se formaron en la escuela de las lenguas y literaturas románicas, crisol en el que se fundió por primera vez lo más alto de la producción literaria europea poslatina”.

Esa misma tradición es la que han desarbolado y cancelado las autoridades educativas catalanas (y las hispanas en general) donde siempre fue más representativa, eliminando del currículo académico la Filología Románica, con premeditación y alevosía, tras la muerte de Martín de Riquer. La misma suerte han corrido los tan humanos estudios en toda España con una pequeña excepción, al estilo de reserva de indios. Vallcorba se fue después de haber visto esta caída y conocido su alcance: seguramente le merecerá más la pena haberse escurrido a habitar el limbo dantesco, donde en apretada fila tendrá con quién conversar de aquellos textos que tanto le interesaban a él y que no parecen atraer en absoluto a la parte no amiga y más desvergonzada de quienes en estos días serán sus turiferarios.