Al lector de El País del domingo 14 de abril de 2013 le habrá resultado difícil sustraerse a la tentación de saber qué opina Ian McEwan de la Dama de Hierro, una vez que la tal Dama ha abandonado este mundo. Bien, lo que McEwan nos cuenta son cosas sabidas y ya pensadas, con el aderezo, siempre del gusto británico, de algunas anécdotas más o menos curiosas.

Pero lo que más me ha interesado es la voluntad de McEwan de iniciar su texto con un sencillo juego de palabras en el que se hace gala de elementos que forman parte del abc de cualquiera que haya cursado un mínimo de latín o griego. María Luisa Rodríguez Tapia traduce así: “Maggie Thatcher: dos enérgicos troqueos que contrastaban con el suave ritmo y ámbico [sic] del Estado de bienestar en la Gran Bretaña”.

Es evidente que la aparente sutileza no se conserva en español. Permítanme el insulto de describir en qué consiste el frígido chiste. El troqueo es una medida métrica utilizado en la poesía latina y griega: un troqueo es una unidad llamada “pie” compuesta por una sílaba breve y una larga. También podría decirse por una sílaba acentuada o tónica y otra que no lo es. Por ejemplo, dos enérgicos troqueos podrían ser utilizados para reconvenir a nuestro niño porque le ha dado una patada en la espinilla al chico del vecino: “¡Nene, Nene…!”. O, en morse: raya punto, raya punto (_ . _ .)

El ritmo yámbico sería al revés: sílaba no acentuada + sílaba acentuada, como en bidé.

Las combinaciones o la elección de estos pies métricos suele tener una intencionalidad o una función poética. Es posible crear un efecto, como con la elección del ritmo o de la tonalidad en la música. Pero esto ahora no me preocupa.

Uno podría pensar que McEwan ha escrito así su arranque porque escribía para sus colegas de Oxford y Cambridge si no fuera porque su paso por la educación británica no fue tan selecto. Y es más bien probable, al contrario, que si hubiera pasado por Oxford o Cambridge en sus años mozos, tal broma le hubiese parecido en exceso pedestre.

He aquí el quid de la cuestión. En realidad McEwan hace esa referencia semi-culta porque a) no está tan inflado cual algunos pavos eruditos como para pensar que su referencia pueda ser considerada como demasiado elemental; b) piensa, por otro lado, que el lector medio (británico) entenderá dicha referencia.

Una visita rápida (¡y tanto!) a la Wikipedia en español a los términos “troqueo” y “yambo” resulta descorazonadora (en comparación, por ejemplo, con la explicación más detallada e histórica de laWikipedia en italiano). Ese es el problema: el lector medio español, el lector de El País, ¿se encuentra en condiciones de comprender el juego de McEwan? Tras los varapalos más que centenarios que en este país ha recibido la enseñanza del latín y del griego me temo que la respuesta es NO.

¿Por qué la traductora o el corrector de una importantísima página de Opinión ha dejado que se imprimiera “y ámbico”, con ese espacio entre la “y” y el resto de la palabra (“ámbico” no significa nada por sí solo). Es terrible  y desolador, si se repara bien en ello. El último responsable de la impresión ha pensado: “que piense el lector: yo no sé qué significa y ámbico, pero algo será si lo dice McEwan. No seré yo quien se ponga en evidencia preguntando por algo que no sé”.

Y así, pasito a pasito, el yermo se extiende en nuestras mentes y nuestras vidas.