En un país donde la inercia del “que inventen ellos” ha llevado a la empresa privada a limitar al máximo su inversión en investigación, la investigación depende de la buena voluntad de los ciudadanos, que aceptan que un significativo porcentaje de sus impuestos se invierta en ciencia, incluso si ésta es difícil de comprender para la mayor parte de los contribuyentes. Los españoles entienden, con una sabiduría que es característica de la nobleza del pueblo, que justicia, educación o salud son asuntos de los que no es necesario saber para saber que son necesarios.

La inversión en investigación había crecido durante los últimos años, no hasta el punto de situarse a la altura de otros países punteros, pero sí para que con el esfuerzo y la flexibilidad de los investigadores españoles, la ciencia (incluyo siempre en ella a las humanidades) en España haya conocido un progreso realmente sobresaliente y, desde luego, muy por encima de las expectativas normales respecto a lo invertido.

Limitar la inversión en ciencia no solo compromete gravemente el crecimiento económico de España (que, en todo caso, no considero lo más importante), sino el progreso social, humano, de los españoles. Al ser la ciencia en España una cosa pública está ligada, en la mayoría de los casos, a la docencia. Esto es, a la docencia universitaria. Los profesores universitarios, como ya expresé en otra ocasión, cobran su sueldo por su actividad docente e investigadora, lo que aquí llamo DoCiencia.

Menos investigación supone, pues, menos docencia: no en la cantidad de horas, ya que éstas están aumentando, sino en la calidad de esas horas. Es imposible una buena docencia sin una buena investigación. Por lo tanto, la formación de los alumnos queda seriamente comprometida y sufre un retraso inaceptable.

Existe la creencia de que un buen profesor es aquel que resulta atractivo en sus explicaciones, pero no es más que eso, una (falsa) creencia. Un alumno puede extasiarse por la voz, el físico, la atracción verbal de un profesor/a, pero esta relación sentimental no garantiza en absoluto un aprendizaje correcto.

Asistimos hoy (son tiempos de férrea pedagogía) a la espectacularización y comercialización de la Universidad. Pero el día a día de la enseñanza universitaria nada tiene que ver con El Club de los Poetas Muertos. Aquel profesor tan fascinante sin duda era un maestro de emociones, pero no un maestro de ciencia poética ni de ninguna otra ciencia. De hecho no era más que un actor, no un profesor.

En vez de una Universidad que hace ciencia y docencia, se desea ahora una universidad que resulte atractiva a los alumnos, considerados estos como clientes. Y, en consecuencia, se les ofrece un producto empaquetado, al estilo del que se mercadea en una franquicia. En vez de un sistema flexible y abierto, donde cada maestro enseña según su criterio y buen entender, se prefiere la homogeneidad y la homologación de los estudios, para que todo sea igual o muy parecido donde todo debería ser diverso e imaginativo.

La ciencia es imaginación: es encontrar espacios de vida y realidad, de aspiraciones y deseos, donde antes no había nada o había algo oscuro. Es la hazaña de la razón y la voluntad que ha sacado al hombre de las cuevas. Audacia, y no conformidad.

La DoCiencia permitirá a nuestros alumnos descubrir por ellos mismos nuevas soluciones para los problemas presentes y futuros. Su devaluación empujará a los hombres a encontrar las soluciones de los tiempos oscuros a los problemas oscuros: violencia y falta de libertad.

Quizás invertir en DoCiencia no sea tan caro como parece ahora a los débiles de espíritu, a los que no confían en las capacidades de sus semejantes para inventar el futuro.