Si uno recibía cuando era monicaco un billetito marrón, con la cara de ese Falla de ultratumba, o uno morado con esa Rosalía à la garçon, era cosa de comprensible alegría. Pero al cabo, y se hiciera lo que se hiciera con él, no era más que dinero (vil papel). Mucho más honrado, el papel, es el de los aguinaldos navideños que esta mañana he recogido: son de procedencia noble, pues pertenecen al hacer y gusto de dos de los más grandes expertos en la historia de nuestro libro español (pero también de otros). El de Pedro Cátedra es un pequeño pliego en papel de hilo celeste con unas sencillas y elegantísimas Pascuas a color entre Florida y Mares del Sur. El pliego encartado que me envía Víctor Infantes es uno de los ejemplares numerados en los que Marcelo Grota y Elena Di Pinto estudian y nuevamente imprimen un jacarandísimo Baile nuevo entremesado de la Imprenta (c. 1670) que andaba dormido por la Nacional.

No me resisto a transcribir las palabras con que se presenta a Amor un/el Soldado, digno representante de los Tercios de Flandes:

“Yo / he sido soldado en Flandes, / la Pulla y la Picardía / veinte años, como lo saben / cimbrios, lombardos y godos, / esguízaros y alemanes.”

Y deogracias