Alguien envenena a los pájaros, Joaquín Rubio Tovar, Madrid: Ediciones de la Discreta [Prosa Nostra, 36], 2011.

ISBN 978-84-96322-44-8

A Joaquín Rubio solo le falta ya su Avellaneda para que Pepe Carrasco, esto es, José Carrasco Espandolín, la flor y nata de la investigación policial, concurra con don Quijote (con tanto o más de Sancho), en el concurso de la fama. Este caballero atribulado, Esplandián venido a menos y a poco menos de menos, retoma sus singulares aventuras en este libro segundo de título Alguien envenena a los pájaros. Así se lo manifiesta Octavio, el primo mayor, el amigo y el hermano, a Pepe, a propósito de la misteriosa muerte de numerosas variedades de pájaros en la manchega laguna de Salicor: “¿Y qué ha sido de tu vida? Sé de ti por una novela que escribieron. – ¿Una novela? –Sí, una en la que eras el protagonista. Tú y un tal Manolín. – ¿Cómo se llamaba? – No me acuerdo. Parece que no acababa, que se quedaba cuando te ibas a Coslada.” No falta tampoco su bálsamo de Fierabrás aviado en una túrmix. La receta merece la pena: aceite de oliva, pulpa de planta de áloe, aceite de ricino y ciruelas machacadas.

Como en los viejos libros de caballerías, también, en los tiempos en que estos se escribían en verso, los senderos de la narración se bifurcan, y el protagonismo alterna a Pepe Carrasco con el joven investigador y agente de los Servicios Secretos Británicos Erik Banostangue. Salvo ligeros interludios, Pepe y Erik se parten la ficción cual Galván y Perceval.

La novela, también como aquellas antiguas, guarda la desproporcionada proporción entre lo particular, la hazaña individual, el paisaje local y las trascendencia universal (y hasta cósmica) de los actos de estos héroes imposibles y sus antagonistas: para el caso, una red de terroristas internacionales. El bien se enfrenta al mal y lo derrota. Pero la solución no es tan sencilla. Entre el bien y el mal el espacio ocupado por la sombra, por la decadencia de la humanidad (y de las humanidades) es el auténtico punto de fuga de la reflexión.

Lo cierto es que los héroes y sus adversarios, tanto los directos como los indirectos (la estupidez en todas sus formas) rememoran en sus frases, recursos y soluciones dignas de los personajes de tebeo de Ibáñez, con su TIA, su Superintendente Vicente, su Doctor Bacterio, Mortadelo y Filemón, etc. Lo grotesco y el esperpento, naturalizados en un lenguaje no barroco, sino directo y pasmosamente claro, punzante, dislocado y visionario, divertidísimo, se avecina cada pocos pasos a la reflexión amarga y desencantada de una vida en que los inocentes mueren sin sentido o bien ven truncadas irremediablemente sus esperanzas: es el caso de los pájaros y de Trini (su voz, el trino, en la ciudad), una mujer sencilla enamorada de nuestro adicto al mester de soltería cuyo brutal asesinato dará fuerzas a Carrasco para desvelar el misterio. En su tránsito por las tierras de La Mancha (Puerto Lápice, Campo de Criptana, Alcázar de San Juan…), Carrasco pondrá en funcionamiento una poderosa y particular lógica deductiva en parajes y situaciones que recuerdan las del Plinio de Francisco García Pavón.

Paralelamente a esa “línea de investigación” y al camino de la huída, pues Carrasco es perseguido por sus propios colegas tras haberse escapado de una prisión preventiva acusado de todo y de nada, se desarrolla la investigación lógico-deductivo-filológica de Banostangue, especie en extinción de humanista que, por vía de asombrosos razonamientos, llegará a las mismas conclusiones que Carrasco para arribar a la meta apenas un tubular por detrás del madreleño (sic).

La introducción de Banostangue y, en particular, de su maestro, Edward Entwistle (que recuerda al insigne hispanista y estudioso de la literatura artúrica William J. Entwistle) es crucial como portavoz narrativo de uno de los sedimentos más densos de la novela, el planto por la desaparición del sueño del humanismo, de esa Vieja Europa cuyo propósito había sido recuperar los valores de la razón y el pensamiento y que ahora ha naufragado definitivamente: Esto nuestro [la filología] se ha acabado, es un saber de otro tiempo […] los humanistas no pintamos nada.

Entre la complicidad nostálgica de una década tal que la de los ochenta, de la que comparecen expresiones como “de pila máster” de los queridos Electroduendes, a la carcajada que levanta la sátira de la vida posmoderna en el festival cultural Manchachic, se abre paso el torrente de lágrimas en que se deshace Carrasco cuando todo acaba, por la desaparición de tantas cosas buenas y el triunfo del mundo que es sobre el que quiso ser.