Ha “desaparecido” el llamado Códice Calixtino, pero antes de que este desapareciera lo había hecho el escaso juicio de la sociedad que lo custodiaba a la que, en rigor, se puede tildar de mentecata (de mente capta).

En un Telediario que ha recibido los más distinguidos premios a la profesionalidad y a la calidad de sus emisiones, en horario de mayor audiencia (21:00; 7 de julio de 2011), una reportera, aunque joven no exenta por ello de responsabilidad, calificaba al códice de incunable.

No es preciso recurrir a ninguna eminencia de las letras ni a una oscura monografía para conocer lo que el Diccionario de la Real Academia Española resume sin mayores alardes de precisión como “incunable” (de incunabŭla, pañales), adjetivo: “Se dice de toda edición hecha desde la invención de la imprenta hasta principios del siglo XVI”.

Sabido lo cual, quien no distingue entre un manuscrito (según la primera acepción del DRAE “libro anterior a la invención de la imprenta”) y un incunable (impreso) es tan reo de ignorancia como quien en el orden arquitectónico no distingue una columna dórica de otra jónica.

No se trata, pues, de un arcano para sabios, sino del más elemental bajage de cultura.

El valor del códice es, en efecto, incalculable: forma parte de eso que ahora se llama patrimonio tangible-intangible de la humanidad.

Ese patrimonio se nos había confiado por tradición a los españoles (por así decir). Pone los pelos de punta saber que tan despreciable se consideraba que no se había asegurado, cuando una parte mínima de los fastos anodino-culturales galaico-hispánicos habría bastado para ello. Irrita, y mucho, la actitud pueblerina y santurrona de los curitas que ahora se llevan las manos a la cabeza.

Pero, por favor, o por dios, que quienes no distinguen entre su mano y salva sea la parte no se rasguen en estos días aciagos las vestiduras (talares o no), ni comercien con la efímera emoción del espectador de baba, animándolo a sueños y tramas de policiaco.

Si don Manuel Díaz y Díaz viviera habría llorado de los ojos (¡oh, puertas sin candados!) y se habría indignado hasta donde es posible a un hombre, él sí, con todo derecho.

El que desee sentir ese género de auténticas emociones, de verdadera ciudadanía, que aprenda. El que no, que se olvide pronto de lo ocurrido, pues en nada le afecta a lo que comerá mañana, y que siga viendo Españoles por el mundo, por si algunos de esos simpáticos cosmopolitas de salón corre con el códice bajo el brazo. Porque, ¿Quién sabe dónde?