La mayor parte de los medios de comunicación ha glosado ya, con los habituales despistes, el ingreso en la Real Academia Española de Inés Fernández-Ordóñez, catedrática de la Universidad Autónoma de Madrid, especialista en lingüística histórica y filología. Ocupa, desde el día 13 de febrero, el sillón “P” de la Docta Casa, aposento antes del poeta Ángel González.

El Discurso de Ingreso, que conviene leer en toda su extensión y detalle, titulado La lengua de Castilla y la formación del español (Madrid: RAE, 2011), coincidió con no sé cuántos partidos de fútbol y con la llamada “Gala de los Goya”, hechos, sin duda, de menor trascendencia.

No se trata ya de que se sume una nueva mujer a la viril Academia, o de que la misma sea su miembro más joven, según insisten los mencionados medios, enemigos de la elemental delicadeza con esta dama de la lengua. El asunto, sí, goza de cierto aroma de renovación generacional: pero es la falta de prejuicios y el respeto al trabajo científico lo que de verdad  importa. Se trata, en efecto, de la apuesta por una “ciencia nueva”, que ni se viste de metáfora ni se considera infalible. El elegante discurso de contestación de José Antonio Pascual supo centrar con rigor y emoción estos hechos.

La cadena genealógica con los maestros, con el propio antecesor, sin embargo, no se rompe, sino que se traba en una tradición bien entendida, aquella por la que Inés Fernández Ordóñez recordó estos versos tan esclarecedores del poeta: “creer con fuerza tal lo que no vimos / nos invita a negar lo que miramos”. Con esta advertencia se ha de revisar la historia de nuestra lengua y nuestra cultura, sin olvidar el estudio minucioso del enfoque local ni abandonar su gran marco románico y europeo. Para un romanista, estas consideraciones finales del Discurso son lo más parecido a una bendición: “Un relato cabal de la evolución de nuestra lengua debe abordarse, al menos, en un contexto peninsular, si no es románico o, incluso, europeo. Sólo así podrá valorarse con justicia qué es exclusivo y qué no lo es. Trasladar a la historia de la lengua la uniformidad propia de la lengua escrita en el siglo XX y extenderla anacrónicamente hacia el pasado no contribuye a la plena comprensión de los hechos históricos. La reconstrucción histórica que identifica el punto de partida en el castellano del norte en el siglo XI con el de llegada en nuestra lengua actual vuela sobre siglos de historia lingüística no contrastada.”

Amén