Bénédicte Vauthier, Menéndez Pelayo y Juan Valera en el Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano, Santander: Universidad de Cantabria [Cantabria 4 Estaciones, 43], 2009.

Este libro, insólito (pero sólo aparentemente rebuscado) es obra del agudo ingenio y perspicacia de Bénédicte Vauthier, una de las mejores conocedoras de la Obra y pensamiento de Miguel de Unamuno, y persona de entre las que mejor conjuga pericia filológica y asentados horizontes filosóficos. El libro consta de un amplio estudio preliminar del asunto (87 págs.) más la edición de las entradas redactadas para el Diccionario que figura en el título, y que son: “Menédez y Pelayo, Marcelino”, “Alcalde de Zalamea (El)”, “Amadís de Gaula”, “Autos Sacramentales”, “Celestina (La)” y “Quijote de la Mancha (El ingenioso hidalgo don)”. La relevancia de estas entradas, su historia crítica y autoría justifican de sobra la revisión de estos textos. La historia intelectual que se describe y documenta en el estudio preliminar es, por otro lado, tan necesaria como entretenida y fascinante. Recordemos que el Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano de Literatura, Ciencias y Artes, Barcelona: Montaner y Simón Editores, 1887-1898, 23 vols. + Apéndice I (vols. 24, 1898 y 25, 2899), Apéndice II (vols. 26, 1907 y 28, 1910), fue una magna empresa editorial, con desigual fortuna, en la que colaboraron personalidades como los propios Menéndez y Pelayo y Valera o Gumersindo de Azcárate y Francisco Giner de los Ríos.

Me han divertido muchísimo dos parrafadas de Menéndez y Pelayo en relación con el Diccionario. La primera dirigida a Valera, y que dice así: “El Diccionario Enciclopédico de Montaner y Simón es obra de pacotilla y no vale la pena de adquirirse. Yo escribí en él dos artículos solamente, y luego lo dejé porque vi que pagaban muy mal, y el texto era bastante chapucero, como suele suceder en todas las Enciclopedias. Creo que va publicado hasta la letra M, pero los últimos pliegos ni siquiera los he abierto” (cit. pág. 28). Y la segunda, dirigida a los editores, reza tal que así: “Muy SS. míos: Extraño y deploro el tono de sus últimas cartas. Creo haber enviado todo el original, que era posible revisar en un plazo tan breve. Hoy mismo acabo de remitir más de 100 cuartillas. Yo no puedo acelerar más este trabajo, sin faltar a otros deberes apremiantes, y sobre todo a mi conciencia literaria, que estimo en más que cuantas utilidades puedan Uds. proporcionarme. Soy literato, y creí que en tal concepto se habían acordado Uds. de mí. En tal situación, y como yo no acostumbro a recibir lecciones ni advertencias de nadie, quedan Uds. autorizados para borrar mi nombre de las cubiertas de la obra, encargando su terminación a quién lo haga con mayor presteza, y asimismo con mayor provecho de esa casa editorial. Otro día devolveré a Uds. por el correo la letra que me remitieron, y de que no he hecho uso alguno hasta ahora. De Uds. afmo. s.s.q.s.m.b. M. Menéndez y Pelayo” (cit. págs. 39-40). ¡Cómo era y cómo se las gastaba D. Marcelino!