La película de Alejandro Amenábar, Ágora, funciona en estos días como un “despertador de conciencias” y, añadiría, que de memorias. Aquellos que hasta ahora no habían pronunciado el nombre de Hipatia de repente saben todo aquello que puede saberse: han corrido de la sala de cine a la sala de la biblioteca (casi siempre electrónica) para poder barnizar adecuadamente sus prédicas. Ágora atiende a dos tipos de espectadores: el ya enterado, que nada más oír el nombre de Sinesio sabe que será obispo de Cirene; y el que no sabe ni jota pero al que la película, sin escolasticismos, se lo va deletreando todo poco a poco. Las expectativas de ambos espectadores son recompensadas: la del primero porque, contra lo que podía esperar, el cauce del guión le lleva a una reinterpretación de sus conocimientos; el segundo porque aprenderá mientras disfruta, si no de una lección de rigor arqueológico, sí acerca de determinados temas que conviene que le interese cuestionar.

Cada una de las especies de espectadores cuenta con sus propios talibanes. La primera corre a rasgarse las vestiduras, como los rabinos de la película ante el prefecto. Lo que sabemos y lo que vemos no coincide, dicen. Y concluyen: es una reescritura de izquierdas, nos manipulan, vituperan a los cristianos y los hacen responsables de toda intoleracia y obscurantismo. Estos, sin duda, son los peores, porque o no saben lo que dicen o lo dicen para amasar el veneno de la incomprensión. Los segundos son aquellos que en realidad no sabían nada y habían ido a ver una película de las llamadas históricas (y por lo tanto repleta de decorados y emociones fuertes), pero salieron confusos y desorientados: en primer lugar porque les habían enseñado algo (quizás contra su voluntad) y en segundo lugar porque lo que les habían enseñado no coincidía con aquello que estaban acostumbrados a pensar o, mejor, a creer. Algunos de estos últimos, sobre todo, echan ya pestes sin siquiera haber visto la película, siguiendo los dictados de sus líderes de opinión o de sus confesores espirituales (con o sin sotana).

A la primera especie hay que hacerle notar que una película procura ser una obra de arte y no una pieza de historia rigurosa y, en este sentido, los no cristianos no protestan (o no lo hacen mucho) cuando reponen cada poco Quo Vadis o Ben Hur. Ni siquiera la Curia Romana defendería hoy sin resquicios la absoluta fidelidad histórica de la Biblia. Conviene, pues, leer a Aristóteles, que nos ayudará a diferenciar entre las cosas como fueron y las cosas como muy bien pudieron ser. Estas últimas son las que interesan al poeta, al director de cine, al artista en definitiva. Y si así no fuera el cine como el resto de las artes nos interesaría mucho menos de lo que nos interesa.

Tal aparente “engaño” de las artes, pues, lleva a pensar a los talibanes cristianos (que, ojo, no son todos los cristianos, sino una parte de ellos) que la película es una píldora dorada, so capa de la cual se introducen argumentos perniciosos contra los cristianos. Para ello, como decía, arguyen datos que antes no se habían molestado en conocer. Y sacan a relucir a san Agustín y otros estandartes más. Les diría a muchos que comenzaran por leer de una maldita vez la Biblia, de la que oyen hablar mucho en las iglesias pero que se les cae de las manos en cuanto la abren. A mí me parece un texto estupendo, por cierto. Leerán en san Jerónimo cómo las píldoras de Cicerón o Virgilio le hacían apartarse de la Biblia, y lo que le costaba dejar de leer a los queridos paganos. Leerán en san Agustín de la fascinación de este hombre por la misma filosofía pagana e incluso de su pasión juvenil por muchos vicios poco cristianos. Leerán en Sinesio de Cirene ingeniosos discursos y apólogos, llenos de humor y de sabiduría pagana, con citas de mil y un autores no cristianos. Y también leerán en todos ellos graves y duros escritos contra algunos de sus contemporáneos cristianos, a los que no podían ver ni de lejos, porque ya entonces la creencia se hacía mil pedazos antes de que se unificara (en parte a sangre y fuego) en el dogma católico.

En cualquier caso, los grandes intelectuales cristianos, como los paganos, tuvieron siempre clara la diferencia entre la razón y la creencia, y que la creencia nunca debería imponerse sobre la razón para anularla, porque ambas pueden convivir, como en el hombre coinciden el pensamiento matemático con el apetito de comer higos. ¿Qué hay de malo en esa convivencia si una no niega a la otra? Si no comiéramos higos (u otra comida) moriríamos, y si no supiéramos contar cuántos higos comemos, igual nos moríamos de un empacho.