Me he guardado mucho de leer críticas sobre Ágora, de Alejandro Amenábar, antes de verla con mis propios ojos. Incluso me he guardado de refrescarme la memoria acerca de Hipatia (acerca de la cual ya poseía algún librico, cosas menores, la verdad…).

Una vez vista y rumiada, sin embargo, me ha parecido bien saciar mi curiosidad con respecto a qué pensaran los críticos. Me pareció ponderado y útil el artículo de Jacinto Antón, y creo haber comprendido las razones esgrimidas por Carlos Boyero y Jordi Costa al propósito. Sobre todo las de Boyero, ya que lo dicho por Costa forma parte de una posición genérica y de una serie de anécdotas que ahora no vienen al caso.

Para Carlos Boyero la película es excelente aunque a él no le acaba de emocionar. Me parece justo, no tiene por qué ser así. La falta de emoción de Boyero no anula el valor artístico de Ágora que, si bien no parece tocada por todos los ingredientes de una obra maestra, es una gran película. Puestos a opinar uno bien pudiera decir que Ordet, La Pasión, la vieja Solaris y hasta Manhattan le parecen muy buenas pero no le emocionan, ¿por qué no? Hasta aquí no encuentro nada discutible.

Esta tarde, al café, he dado, sin embargo, con la crítica de David Gistau para El Mundo, titulada significativamente “Mi artículo sobre Ágora“. Con ese “mi” rotundo Gistau también vuela a decir que la película no le emociona (en esto parecido a Boyero), pero luego nos cuenta que en la muerte de Hipatia a uno le podría dar por pensar si había sacado a descongelar o no los filetes de la nevera.

Más que una gracieta de supuesto rebelado frente al supuesto consenso “amenabariano”, tal conclusión me parece una absoluta friviolidad, como tantas otras que pueblan (a falta de mayores ideas), el artículo. Critica de “irritante corrección política” y de “topicazo” sobre la alianza de civilizaciones a la película con el fin de soltar su bravata contra Bibiana Aído y de paso al Gobierno, pero parece no caer en lo cómodo que resulta escribir algo así en una columna de El Mundo, desde donde se juega muy poco. Quizás el políticamente correcto para con su tribu sea el señor Gistau, lo cual hace pensar que no ha entendido demasiado bien en qué consiste el “mensaje” de la película.

No lo entiende, de hecho, porque la película le recuerda “los tedios del aula” y está deseandito de que salga a escena alguien que “desenvaine una espada”. No sé a qué áulas acudió Gistau. Yo a las públicas del Estado y nunca sentí ese tedio que él rememora. Si hubiera pasado por allí menos Tediato y más Gistau se habría percatado del valor objetivo de Ágora en tanto que película histórica y en su complicada proyección al presente.

Mientras comenzaban los títulos de crédito de Ágora escuché a un joven de secundaria que despachaba “¡qué chorrada!” nada más acabar la película. Sin duda esperaba más espadas y menos ideas, como Gistau. Pero mal metro sería ese lamentable y mal enseñado joven para juzgar la película. Porque ese juicio tempranero y a sangre caliente no podía ser calificado más que como superficial.

Gistau habla de que los personajes son maniqueos, de los buenos y los malos y del blanco y el negro. Yo me reservo mi opinión sobre los actores y sus actuaciones (que seguro que no le interesan a nadie), pero los personajes no son como Gistau dice. ¿De verdad ha visto la película o en serio pensaba en sus filetes? Sólo los hombres de una “secta” concreta, la llamada de los “parabolanos”, visten de negro y andan sucios por la vida, como el resto de los pobres, por otro lado. Los obispos, dignatarios, rabinos, etc., visten y calzan tan pulcros como los servidores de Osiris, ni más ni menos, aunque en otro estilo. Por no hablar de las sutilezas político-religiosas y culturales que afectan al gobierno romano y a su prefecto.

Dice también Gistau que le gusta el decorado, que es al menos tan bueno como el de Roma, la serie del canal HBO. Pues sí, está muy bien, la verdad, pero es que a Gistau sólo le gusta lo superficial, esa idea, ésta sí de cartón piedra de si Ágora, que es española (aunque me daría igual que fuese panameña), se mantiene ante una película de las buenas de verdad, vaya, de las que se fabrican en USA. Pero luego, como no atendía en las clases, en realidad no distingue el atuendo de los “buenos” de una túnica, que debe ser la palabra que más le suena a vestimenta antigua (será por aquello de la Semana Santa). No me pondré pejigueras con él en esto como tampoco lo haré con la película, pese a que los filólogos podamos tener nuestra opinión, en este sentido, sobre varios puntos.

La película es técnicamente buena, comercialmente entretenida y vistosa y éticamente valiosa por los dilemas que plantea. A mí no me parece poco, pero si a Gistau se lo parece puede emerger de su oceánica superficialidad y dedicarse durante los próximos años a escribir un guión buenísimo, o a dirigir una película que demuestre lo malísima que es la de Amenábar.

¿O no les parece?