Cuando pasen los días más duros del duelo la familia de Alan Deyermond y sus personas más cercanas podrán dulcificar sus pensamientos con el orgullo por la admiración y la empatía unánime que sus amigos y colegas mostraron en los días inmediatos a su muerte.

Alan era tan poco vanidoso que en vida aceptó siempre con una sonrisa cordial los homenajes, los halagos y hasta las adulaciones. En su modestia no rechazaba las muestras de afecto, reconocimiento e idolatría, por no turbar a quien o quienes se las encajaban. Todos los que nos acercamos a él tuvimos oportunidad de manifestarle nuestro apego, y de seguro que le hizo feliz en vida sentirse tan acompañado de tantas generaciones de estudiosos, especialmente de los jóvenes, por los que tenía particular dileción y a los que siempre mostraba su apoyo.

Hay hombres de cultura (e hispanistas) que deben más a la cultura o a su disciplina que al contrario. Y hombres a los cuales la cultura, la disciplina y hasta la humanidad les queda en deuda permanente. Más allá del ámbito personal será justo que el próximo fin de semana (en los próximos días) nuestros colegas humanistas (en sentido amplio), que gozan del acceso a la prensa, hagan visible para quienes no tuvieron la fortuna de tratarlo o de aprender de su ciencia, quién fue y qué ha significado Alan Deyermond, no sólo para el hispanismo, sino para España y para nuestra cultura.