Alan Deyermond: el deber de una deuda

Cuando pasen los días más duros del duelo la familia de Alan Deyermond y sus personas más cercanas podrán dulcificar sus pensamientos con el orgullo por la admiración y la empatía unánime que sus amigos y colegas mostraron en los días inmediatos a su muerte.

Alan era tan poco vanidoso que en vida aceptó siempre con una sonrisa cordial los homenajes, los halagos y hasta las adulaciones. En su modestia no rechazaba las muestras de afecto, reconocimiento e idolatría, por no turbar a quien o quienes se las encajaban. Todos los que nos acercamos a él tuvimos oportunidad de manifestarle nuestro apego, y de seguro que le hizo feliz en vida sentirse tan acompañado de tantas generaciones de estudiosos, especialmente de los jóvenes, por los que tenía particular dileción y a los que siempre mostraba su apoyo.

Hay hombres de cultura (e hispanistas) que deben más a la cultura o a su disciplina que al contrario. Y hombres a los cuales la cultura, la disciplina y hasta la humanidad les queda en deuda permanente. Más allá del ámbito personal será justo que el próximo fin de semana (en los próximos días) nuestros colegas humanistas (en sentido amplio), que gozan del acceso a la prensa, hagan visible para quienes no tuvieron la fortuna de tratarlo o de aprender de su ciencia, quién fue y qué ha significado Alan Deyermond, no sólo para el hispanismo, sino para España y para nuestra cultura.

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Un comentario en “Alan Deyermond: el deber de una deuda

  1. Yo tuve la ventura (“¡Quién hubiera tal ventura…!” es el título de un libro en su homenaje; participé con la participación en su jubilación con un artículo sobre la ficció sentimental en ese libro) de conocerlo personalmente, prologó mi libro “Las albadas de Titaguas”, me nombró en el acto de investidura como Doctor Honoris Causa por la Universidad de Valencia, ¿qué más puedo pedir? La última vez que me comuniqué con él fue por medio de una postal en Navidad. El recuerdo más grato que tengo de él era la humanidad que irradiaba en todos los sentidos. Siempre me hubiera gustado presentarlo en algún acto público y hacer hincapié en esta forma de ser, el mejor de los currículums. No ha podido ser. De verdad que a mí me ha dejado, por el momento y culturalmente hablando, huérfano.
    Leí la noticia en “El País”, y algo más habrá que hacer por él, por su familia y por todos.
    Fernando Martín Polo

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