El sábado 19 de octubre nuestro querido amigo y maestro Alan Deyermond murió en Londres. Podría decirse con eufemismos o palabras más huecas: ha fallecido, ha pasado a mejor vida, ocurrió el óbito, traspasó…; pero el desconsuelo sólo me permite referirme a las palabras más dolorosas y auténticas: Alan Deyermond ha muerto; y nos ha dejado a todos aquí en la tierra bien fastidiados a comernos con lágrimas el pan de los difuntos. No puedo evitar el rencor a la muerte en este caso, ni la sensación de que una ira irracional se me disputa el dolor sencillo y llano. Que llegar llegaría lo sabía él mismo, y nosotros, pero al final uno se pregunta, ¿por qué? Porque para muchos de nosotros Alan era una especie de santo laico que iba a estar ahí para siempre, como lumbre y tutor. En unos días la rabia, imagino, tomará gusto agridulce al mezclarse con recuerdos hermosos, anécdotas y hasta leyendas. Me niego a que  Alan siga vivo en mí a través nada más que sus libros académicos. Un hombre tan humano, si ha de permancer en los libros, que sea en el hueco que le abramos en nuestro flos sanctorum.

Descanse en paz y que la tierra le sea leve, como él lo fue para el mundo y para los hombres, a los que nunca abrumó y con los que siempre deseó ser justo.

Un abrazo fuerte, como siempre, querido amigo,

juan miguel