Bolonia como unidad de medida es el título de un artículo de opinión publicado en El País (05/12/2008) y firmado por Josep Joan Moreso, rector de la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona. La Universidad del Dr. Moreso es un ejemplo de eficacia científica y académica en España, dinámica, como desde hace tiempo se dice, y adaptada a los tiempos sin renunciar a la gran tradición intelectual catalana.

Dicho y reconocido esto, el Dr. Moreso escribe uno de esos artículos llenos de mesura y ponderación que encubren mal, sin embargo, su enorme condescendencia con el lector en general y con el estudiante en particular. Una retórica eficaz y persuasiva no siempre sirve a la verdad, como bien sabían los sofistas de la antigua Grecia y los sofistas de hoy. El artículo, efectista, se abre como se cierra, en un pretendido redondeo racional. Propone mediante el ejemplo: el sistema métrico decimal fue finalmente adaptado en la Francia republicana de finales del siglo XVIII pese a las resistencias de las fuerzas involucionistas y algunos sectores radicales aliados contra el progreso y la razón.

Pues yo diré que el sistema métrico decimal y el llamado Proceso de Bolonia son incomparables, porque el uno mide materias y el otro, que no es un sistema cerrado, ha de ocuparse de promover y medir las inteligencias, cosa tan intangible como el espíritu. El Dr. Moreso podía haber establecido otro paralelo, la imposición del euro en la Unión Europea, pero no le convenía para que no se establecieran vínculos con el nuevo mercantilismo al que algunos piensan que la nueva universidad europea se verá embocada.

La condescendencia de la que hablaba al principio es brutal al término de dicho artículo: “Habrá un día [diríase que tenemos entre las manos un cuento tradicional], no muy lejano, [en] que las manifestaciones y las movilizaciones minoritarias pero activas contra el proceso de Bolonia dormirán en el desván de la historia junto con tantos otros rechazos contrarios a la razón”. Señor Moreso, ¿usted cree que la única historia de la humanidad es la de los éxitos de lo que usted llama razón? Hable, urgentemente, con sus profesores de historia y filosofía, por favor.

Usted parece querer enviar al desván de la historia a los estudiantes de la universidad española (al menos a los estudiantes movilizados o interesados por conocer su destino), pero no ha escuchado antes la voz de esos estudiantes. Su discurso adolece de la misma sordera institucional y académica que muestra su colega el Dr. Berzosa.

Ante todo, los estudiantes no están en desacuerdo con el Proceso de Bolonia ni contra el Espacio Europeo de Educación Superior, ni mucho menos contra las reformas de nuestro caduco sistema universitario, sino contra la forma en que previsiblemente se van a aplicar estos cambios. No se trata de una cuestión de miedo, sino de experiencia, pues la última reforma universitaria y de la educación primaria y secundaria ha sido, en general, un desastre. ¿Por qué no nos fijamos más los profesores en nuestras carencias y defectos que en los supuestos desbarres de los estudiantes?

Se dice que el estudiante desea no asistir a clase, dando a entender que el estudiante es un vago redomado. ¿Y qué hay de esos profesores que leen sus apuntes como si fueran palabra sagrada? ¿Qué interés tiene perder el tiempo en clases como esas, que no son magistrales, sino asnales? La Edad Media, siempre tan perspicaz, coronaba a estos catedráticos con orejas de burro. Y aquellos burros, como los de ahora, procuraban hacer la vida imposible a los colegas que entusiasmaban a los estudiantes y cuya curiosidad intelectual ponía en evidencia la inanidad de sus cerebros. ¡Pobre Abelardo!

Respecto a las cuestiones financieras los estudiantes, que suelen tener el bolsillo frío, sospechan (y hacen muy bien) de los precios de la futura universidad, y de la posición que tendrá en ella la empresa privada. Si quieren detener estas protestas el procedimiento es sencillo. Digan el gobierno y la universidad cuáles serán los precios previstos para cada uno de los momentos de la enseñanza universitaria y fijen un límite, tanto a estos precios como a la capacidad de decisión de las empresas una vez integradas en el espacio universitario. Por ejemplo: un directivo o ejecutivo de una empresa privada jamás debiera formar parte del Claustro universitario. Puede ser discutible, pero debe quedar claro qué se va a hacer, cómo y por qué.

¿Cómo no va a desconfiar el estudiante de los silencios, condescendencias y a veces abierto desprecio de la universidad para quien es parte inseparable de su cuerpo? Es como si quisiéramos pensar con el corazón en la mano: no llegará la sangre al cerebro.

Reforma sí, es muy necesaria, pero pactada, con toda la cautela y prudencia, y sin menosprecio de ninguna de las partes que han de firmar este contrato de futuro.