Cuatro palabras sobre la Reforma UNIVERSITARIA | Bolonia (EEES)

Hace unos pocos años tuve la oportunidad de impartir clases de español en la Université Paris XIII-Nord (Villetaneuse). Es una de aquellas universidades parisinas del extra-radio que se crearon después del movimiento universitario iniciado en Nanterre (Paris X). Por aquel entonces, profesores y alumnos, que son quienes en propiedad conforman la Universidad, tuvieron, junto a intelectuales de varias corrientes y obreros, siquiera durante un período limitado pero intenso de tiempo, la voz y la palabra. De aquellos movimientos sociales e ideológicos surgió un nuevo orden, que desencantó a la mayoría de los que habían protestado en las calles. No corresponde hoy hacer la apología de tiempos pasados (que no fueron mejores, por cierto, aunque sí, parece, míticos o legendarios).

Pues bien, en esa Universidad de Villetaneuse, sólo un poco más allá de la conflictiva zona de Saint-Denis, gran parte de mis alumnos eran hijos de inmigrantes, por lo general procedentes de las Antillas y África. En una ocasión se me ocurrió preguntar cuál era para ellos la mayor virtud del Estado francés. La respuesta fue unánime: su sistema educativo, el hecho de que tuvieran acceso gratuito a la enseñanza, incluso a la superior, y un completo sistema de becas. Los alumnos españoles probablemente no responderían de esta manera. Parece que en España se da por hecho, y hemos olvidado que se trata de un privilegio inusual para la mayor parte de los habitantes de este mundo. De hecho, los estudiantes de Paris IV, la Sorbona, no contestaron nunca que consideraran la educación como lo mejor de Francia, porque ellos son, en general, unos privilegiados. El estudiante de una universidad con menor éxito y proyección, de condiciones menos idóneas para el estudio, valora mejor lo que tiene que el estudiante de una institución más elitista, con mayor tendencia a considerar que es él el que hace un favor a la sociedad, consagrándole los frutos de su cráneo privilegiado.

¿Conviene reformar un sistema universitario, como el español, que garantiza la formación superior para todos a unos costes muy moderados para el alumno o sus familias? ¿Reforma? Sí, ¿pero a qué precio? ¿Qué se gana y qué se pierde con la Reforma?

Si el proceso de Bolonia fuera realmente transparente podríamos responder a estas preguntas con suma facilidad. Lo único que parece claro que se gana, y es discutible, es la posibilidad de homologar todos los títulos universitarios europeos, se estudie en la universidad que se estudie. La forma de hacerlo es homogeneizar los estudios en todo el espacio de la Unión Europea. ¿Conviene realmente una homogeneidad total? ¿No debería ser la única homogenedidad válida la de la excelencia, antes que la de los programas o las administraciones? Ahora un estudiante Erasmus tiene la suerte o la desgracia de vivir experiencia docentes ‘únicas’, según el espacio de la Unión que elija para sus estudios. Pero, ¿se puede homogeneizar todo?

Homogeneidad. Es claro que el movimiento de sístole y diástole es propio de un corazón vivo, sea del Alentejo o de Estrasburgo pero, ¿y las leyes de sucesión del patrimonio, que no son homogéneas ni siquiera dentro de un territorio como el español? ¿Es igual de válido un modelo para las llamadas ciencias que para las humanidades (un tipo distinto de ciencia)?

Educación Superior. Si la educación es superior, ¿por qué la Licenciatura actual se degradará en un Grado, con un nivel formativo inferior al actual? Hasta el Grado la enseñanza será poco onerosa y más o menos igualitaria; también básica, demasiado básica. Pero, ¿qué se puede hacer con un Grado? Un Grado universitario no es un módulo formativo de Formación Profesional. Las destrezas universitarias tienen poco que ver con esa otra rama formativa (que considero imprescindible, por otra parte).

Costes y becas. Si se desea obtener una formación más completa será necesario cursar un posgrado, un máster u otro tipo de enseñanza super-superior. Aquí la igualdad se deshace y las cuotas imposibilitarán al estudiante medio y de escasos recursos proseguir con su formación, dejándolo al desamparo de su básico Grado. No puede argumentarse nada acerca de un sistema de becas que todavía no se ha garantizado y que hasta ahora, en España, ha sido siempre deficitario.

Hipocresía. Si al menos tuviéramos el consuelo de que en nuestras universidades se va a formar a partir de ahora una auténtica élite intelectual, de que las futuras universidades fueran a ser el alambique de la excelencia, muchos se dejarían llevar por la soberbia intelectual: ¡Qué estudien sólo los mejores, los más inteligentes! ¡Ya está bien de alumnos que sólo tienen ese nombre en las matrículas y que no saben ni leer! ¡Y además pasan sus días de fiesta en fiesta!

Mercantilización. Pero la realidad no es esa. Según misteriosas directivas, nada transparentes, tendrán que desaparecer las titulaciones que no alcancen un número x de matriculados en su primer año, cada año. La cuota es de unos 25 alumnos, lo que pone en serio riesgo de desaparición a licenciaturas tan sólidas como Matemáticas o Clásicas. ¿En qué quedamos, masas o excelencia? Se pretende una gestión empresarial de las universidades en orden a beneficios económicos pero se disfraza esta pretensión con supuestas bondades intelectuales.

Excepciones y limitaciones. Lo cierto, sin embargo, es que la auténtica excelencia sólo se da en grupos reducidos, a veces reducidísimos, como suele ocurrir en Cambridge o en Oxford que, claro, quedan al margen de las reformas. Más alumnos, más matrículas, pero menos plantillas de profesores. ¿Cómo hacer el seguimiento tutorial absolutamente personalizado, defendido con tanto optimismo, en clases de 200 alumnos? Es preciso reconocer que en casos concretos se han cometido excesos y se ha hinchado el cuerpo de funcionarios.

Evalucación. Pero los fallos del sistema son fáciles de detectar: ahí están los currículos de los profesores, sus sexenios concedidos o no, y tantos otros medidores, en estos tiempos contradictorios de la evaluación total. El valor de un profesor, en consecuencia, no es sólo el de sus alumnos matriculados, sino, también, el de su capacidad docente, como estimulador de un pensamiento crítico y creativo, y el de su investigación, concepto cada vez más irrelevante, al parecer, pero que debe ser valorado de forma rigurosa y, en ocasiones, prioritaria.

Reformas. Las reformas son necesarias, constituyen el fundamento mismo del progreso, la investigación y la educación. Pero estas reformas deben ser gobernadas por las propias instituciones y personas que van a reformarse, y no por una administración ajena y distante cuyos criterios y prioridades están más cerca del bolsillo que del cerebro. De otro modo nos resignaremos a la máxima cínica de que “es necesario que todo cambie para que todo siga igual” y, añadiría, o peor.