Pertenezco a esa clase de descastados universitarios, profesores e investigadores, que no poseen una casa con parcela en una urbanización de lujo, que no aparcan en su garaje, de dos o más plazas, un lustroso Jaguar, que no cuentan entre sus aficiones, a veces inteligentes, pero de representación y prestigio social, en todo caso, el coleccionismo de antigüedades (ya sean cerámicas, vírgenes románicas o muebles Biedermeier), la alta bibliofilia u otras especies del ocio ilustrado. Pertenezco a una rama minoritaria, en España, de la ciencia filológica (¡terrible palabro ya, para algunos!). Vivo con modestia y trabajo con pasión y tanto cuanto me es posible.

Ojala fuera de aquellos otros del principio, de los ricos en conocimientos y en haberes, pues aunque a la larga la entrada en el reino de los cielos les vaya a ser difícil hoy viven en estupendo desahogo y, además, con tranquila conciencia moral, se cuentan, como diría Lázaro de Tormes, entre los buenos. No me arrimo a ellos, ni me dejo de arrimar, sino nada más allá donde creo (sólo creo) vislumbrar las luces de la inteligencia y el compromiso, pues el resto poco me importa. Pero ojala fuera uno de ellos, digo, por ejemplo, catedrático de Derecho o Medicina. Dichosas ramas éstas de la inteligencia civil, tan necesarias. No por rencor (apartad de mí ese amargo cáliz), sino por conveniencia, porque las palabras de un filólogo humilde deben sonar ahora a mano de fraile, petitorias, desconsoladas, acres, resentidas, oportunistas, despechadas y, en el mejor de los casos, melancólicas. ¿Con qué derecho solicitamos nosotros nuestra salud?

Varias titulaciones, por la mayor parte del campo de las llamadas humanidades, aguardan el castigo de su disolución o extinción. Permítaseme que ponga por ejemplo a la Filología, con todo mi respeto por el resto de las ciencias hermanas que se encuentran en semejante trámite o expediente. En virtud de no se qué acomodación a arcanos planes de estudios (algunos ya fracasados en otras latitudes) y, sobre todo, en virtud de la explotación ¡académica! de la Universidad, se solicita ahora, dicen que desde la Junta de Castilla y León, nuestro asentimiento a ser decapitados. Pero, antes, cual historia de Pasión, befados y motejados: de inoperantes, ineficaces y, por fin, el colmo de todo mal, improductivos (¿respecto a qué, para quiénes?). Recuerdo a los tasadores y dueños de casas de subasta o almonedas que el patrimonio intelectual, que es el auténtico patrimonio de la Universidad de Salamanca, el que atesoran sus alumnos y profesores, y no los edificios emblemáticos, no es mensurable ni acomodaticio al ábaco administrativo.

En estos tiempos bienintencionados en que se nos pide respeto a la pluralidad y la diversidad, en que toda cuestación por la supervivencia de los indios Yanomami parece poca, la Junta de Castilla y León y, a los pies de sus caballos, la Universidad de Salamanca en la figura de su Rector, pretende disolver lo que nos hace plurales, diversos y más ricos que nadie, en la homogeneidad de la cifra y en la esperanza de una ciencia-ficción que acaudale los réditos con los que se sueña pero de los que no se sabe si llegarán algún día. Esa distinción artificial, ladina e injuriosa entre las ciencias ‘ciencias’ y las ciencias sociales y humanas no es más que un despropósito de solicitantes de ayuda financiera, ahora que se sufre tanto la fiebre del oro, digo de los proyectos de investigación. Los buenos científicos, naturales y humanos, no pueden concebir, así lo deseo, los unos con los otros, otra cosa que una entrañable solidaridad.

Planea la tentación, poderosa e insinuante, del poder, de las infraestructuras, de las inversiones, del desplazamiento de presupuestos. Si se lo quitan a otro y me lo dan a mí…, sueña el Dr. Hyde, el científico aberrante, el beneficiado, el ojo bonito de la administración y los planes presupuestarios.

La Universidad de Salamanca no es cualquier Universidad (ni siquiera cualquier universidad de Castilla y León). En ella han depositado españoles y extranjeros (divinos extranjeros pasados por estas aulas) un patrimonio intelectual y moral, vivísimo, que no puede reducirse a la aridez de una cuenta bancaria. La Universidad no desea ser una empresa, no acepta, o no debe, ese modelo de gestión. Simplemente, no es su función generar dividendos ni presentar hermosos balances fiscales. Una gestión eficaz y responsable, subalterna de las ideas, es suficiente. Las licenciaturas actuales pueden reestructurarse, ¿por qué no? El movimiento continuo del pensamiento puede expresarse bien en la capacidad de adaptación de las ideas a sus modelos de difusión. Bien, de acuerdo, pero que no decida el gestor, que no decida el contable, sino aquellos que generan las ideas. No sería descabellado que personas que dedican su vida a pensar y a enseñar a pensar puedan decidir por sí mismos, y sin la coacción de la más gélida burocracia, su destino.

Señores científicos (de bata blanca), no den la espalda a sus colegas (sin bata blanca). Magnífico Rector y excelentísimo cuerpo de Vicerrectores y asesores varios, si han de hacer política hagan una política que sea universitaria, defiendan nuestra institución y su prestigio, no se dejen llevar por el posibilismo, las oportunidades de bazar, los encantadores de serpientes, el cinismo y el mercadeo. ¿Qué presidente de qué Junta va a soportar una oposición fuerte y leal, autónoma, inteligente, despierta, emprendedora y audaz en sus ideas y convicciones? ¿Qué sociedad, sino una enferma, permitiría a ese presidente y sus políticos que pisoteara a los ciudadanos que, reunidos en universidad, garantizan la libertad de pensamiento, la igualdad y el progreso razonable del presente, las oportunidades para el futuro y la conservación cuidadosa y vigilante de nuestro hermoso patrimonio histórico, nuestra cultura común y el espacio mental en que nos reconocemos como colectividad? Diría que ninguna que crea en la más alta democracia pero, claro, pudiera estar espantosamente equivocado.

Por si estoy equivocado, reclamo, como Don Quijote, el bálsamo de Fierabrás y todos los apósitos y pociones que sean precisas, por si llega el momento del descalabro.