El sueño de los espejos, de Joaquín Rubio Tovar

Madrid: Ediciones de la Discreta, 2007, 174 págs. ISBN 978-84-96322-15-7

Madrid, o Madré, su ipsum ego, pentagrama(ton) y anagrama. Madré, madre y desecho, oposición binaria, cuna y sepultura: Madré/Mierda: Madré olía intensamente a mierda. Madré es el paisaje urbano y sentimental en el que evoluciona José Carrasco, Pepe, un albañil cabezota que se hizo policía, ya con la prejubilación sobre su cabeza, que no tiene aspiraciones, que se divorció hace años y ahora vive solo y no tiene amigos, pero al que los compañeros aprecian, porque siempre está dispuesto a echar una mano. Pepe Carrasco tiene apellido de boxeador estrellado, y de periodista asesinado por agentes del CNI. Pepe es tan aficionado a la ornitología como Colombo a sus puritos rancios y los detectives de Bukowski al whiskey bourbon y la pornografía. Pepe practica la alabanza de aldea, los viajes infantiles al pueblo en los viejos trenes de Atocha, las casitas de la parte alta de la Castellana hace muchos años, el aire puro de los parques y boscajes varios donde atisba a los pájaros. Para este hombre melancólico, en fin, los pájaros y el viento eran (…) lo más próximo al espíritu, ver pájaros era el único rasgo de espiritualidad que le quedaba en la vida. Y, claro, el menosprecio de corte, de la que no sale, o sale lo menos posible, por no tener que volver a ella, por no volver a acostumbrarse a aquel aire de mierda, por no respirar con pulmones desinfectados el catalítico olor a aceite quemado que confiere a las ráfagas de viento su peste característica.

Entre el olor a mierda de la ciudad y la basura humana de la comisaría, atestada de sudores espesos, café pasado y ceniceros sucios, Pepe Carrasco trata de orientar sus investigaciones y su propia vida en el micro-planisferio común que reconocerán todos los que poseen el folletito de la red de metro de Madrid. En la andadura de Carrasco, que es también su vididura, abundan los lugares con nombre de parada de metro: Príncipe Pío, Antón Martín, Atocha, Quevedo, Moncloa… Pepe Carrasco es hombre cartográfico, le complace picar el compás en Madré y trazar bucles hacia el exterior y, al tiempo que avanza, en todo, a tientas, también explora otros fueros (internos). Y otros lugares, que también tienen su pequeña intrahistoria, su presencia en ocasiones anodina y en ocasiones trascendente, desde el convento de Clarisas cabe san Blas, los archivos catedralicios de Toledo, la Biblioteca Nacional o el monasterio de San Lorenzo de El Escorial a la Discoteca Barrabás en Vicálvaro, la Casa del Libro, la Cafetería Nebraska (donde solían recalar algunos señoritos de mi pueblo) o el inevitable VIPS.

El caso es que a Pepe Carrasco, un buen día, se le amontona la faena cuando la investigación de un robo se complica en una búsqueda repleta de vericuetos. El laberinto que se abre ante Pepe Carrasco pasa por investigar la desaparición de un misterioso profesor de universidad, don Augusto Lacanoz Arcanciel, y su irrupción, en buena medida involuntaria, en una trama esotérica y conspiranoica. El nombre del profesor desaparecido es clave y compendio de la quête emprendida por Pepe Carrasco, un crisol en el que se aquilatan los términos de lo áureo, el subconsciente lacaniano (¿con el mago de Oz?) y lo arcano. El ayudante de Pepe Carrasco, Manolín, uno más entre los muy celtibéricos nombres que pueblan la novela, ausente del trabajo durante más tiempo del reglamentario, se le aparece (podríamos decir) de repente, como iniciado en el mundo secreto que persigue Carrasco, y baliza su persecución y camino, como aquellos ermitaños de la ficción artúrica.

El misterio que todos los implicados en la trama tratan de desvelar reside en una cifra alquímica, un conjunto de saberes plasmados en manuscritos medievales, su tradición y su depósito a lo largo del tiempo. Como en las mejores novelas de Eduardo Mendoza, acaba por resultar (es un decir), que la receta mohosa de un plato de callos a la madrileña se halla entrelazada, por sinuosas circunstancias, con el destino de la humanidad. Servicios secretos, agencias estatales, grandes poderes políticos y científicos han comprobado, primero con incredulidad y después con pasmo y temor, que cálculos y operaciones alquímicas antiguas desembocaron en la constitución de un entramado de espejos de azogue (un mercurio especial, extraído en Delft) a través de los cuales está permitido el desplazamiento en el espacio y en el tiempo, en una suerte de proyección astral. No puedo por menos que recordar las palabras del Apóstol a los Corintios: Ahora vamos como por medio de un espejo, confusamente.Todos aquellos que conocen las raíces del secreto deben ser eliminados o reducidos, y todos los rastros, acaparados y ocultados. Es preciso salvaguardar, atesorar y limitar un poder que desafía a todas las leyes, que parece procurar la inmortalidad y que nace de la práctica de la alquimia. Tras de todo ello se azacanea Pepe Carrasco sin ver nada demasiado claro, a pesar de las turbias relaciones que acaban por intimar a todos aquellos que se cruzan en su vida e investigación con los peligrosos arcanos, incluida su ex-mujer Teresa, maniática del rey Arturo y sus caballeros que ahora es pareja sexual del poco escrupuloso jefe de los Servicios Secretos, frente a los cuales ni Augusto Lacanoz, ni el propio Pepe Carrasco pueden considerarse a salvo.

Dejo los detalles de la trama y el misterio al curioso lector de tan curiosa novela. Su causa eficiente, Joaquín Rubio Tovar, autor de un libro de cuentos de título letraherido, El dolor de las cosas, y que afila ahora su pluma en una nueva novela, es profesor de literatura románica en la Universidad de Alcalá de Henares. De tales títulos pudiera esperarse un talante erudito, que cabe desmentir desde la primera página; por no citar pasajes de poco encumbrado tono tales como Nos vamos a cagar en ti y en tus putos muertos. Este policiaco esotérico y muy hispánico juega a los registros con alucinante desenvoltura. En esta novela en la que la caspa del lenguaje y sus estereotipos (que no son, claro, del escritor) se encuentran a flor de piel, encontrará el lector noticia de asuntos tan diversos como los gorriones molineros, el médico y alquimista tolosano Felipe Elefante, que leyeron los dos Enriques de Villena, el histórico y el legendario, del propio Enrique de Villena, desde luego, sobre la escuela de Gembloux, manuscritos e impresos de toda laya, con modelo de cómo se elabora una descripción técnica, y hasta con información detallada (y muy útil para profanos) de cómo se ingresa y se solicita una consulta en la Sala Cervantes de la Biblioteca Nacional. Las visitas a la universidad y los coloquios de Pepe Carrasco con el profesor Mauricio Espinama proporcionan sabrosímos materiales para la chanza de las costumbres departamentales, el planto por una disciplina tan querida y fundamental como la filología románica, la alusión a grandes maestros –Luis García de Valdeavellano, Rafael (Lapesa)– y a otros nada insignes y despreciables, en clave para pocos. El amor a los libros y a la disciplina son tan notables como la invención de la calle madrileña en la que habita Teresa, de nombre Honoré Champion (que, para los no romanistas es preciso indicar que se trata de una de las editoriales, francesa, de mayor peso en la edición de estudios y textos medievales). Pero el conocimiento profundo de los avatares medievales que posee Joaquín Rubio nunca atosigan ni escombran la naturalidad con que se desenvuelve el relato. Sus raíces son, en parte, las que alimentan El péndulo de Foucault de Umberto Eco y, claro, el estudio del mismo autor titulado De los espejos, pero limpias de esa catarata catalográfica de la novela de Eco. No extraña que el personaje del Filólogo no lo desempeñe otro que un astuto chatarrero encumbrado a anticuario y tela de araña de bibliófilos. La novela de Joaquín Rubio, resabiada, plena de humor y de ironía, pero no de cinismo, no pretende impresionar al lector, ni sumergirlo en una trama trascendente. Ni siquiera, diría yo, presta excesiva atención a su desenlace, pues esta misma actitud y el registro desafiante de toda la narración es el mejor antídoto para quienes se fascinan por los códigos sin comprender el mensaje auténtico de la vida que consiste, entre otras cosas, en no dejarla pasar de balde. Aviso, pues, para licendiados Vidriera.