En su sección “Lecturas Compartidas” (Babelia, 26.01.08), Rosa Montero publica un artículo titulado “El rey Arturo y la fragilidad de los escritores”. En él se recrea, a través de ‘un puñado de cartas’, el proceso de angustiosa reescritura de la obra de Thomas Malory (m. 1471), Morte d’Arthur. Esta novela crepuscular, que aglutina los grandes ciclos de la materia artúrica de la Edad Media, supuso, en buena medida, su clausura y, al mismo tiempo, una puerta abierta a su resistencia en el tiempo y a su explosiva recuperación entre los creadores románticos como Tennyson. La obra de Malory, manuscrita, fue acabada en 1469, pero su difusión trascendente ha de esperar a 1485, año en que el célebre impresor William Caxton la dispone en sus prensas. La reescritura de Steinbeck, traumática y melancólica, contra la corriente propia y la de los tiempos, reinstaura el interés por la ficción maravillosa como género noble y lectura necesaria en un mundo, por otro lado, dominado por la miseria (económica e intelectual) de las uvas de la ira. Steinbeck murió en 1968 sin culminar su tarea y, aquellos enormes y fatigosos borradores, pergeñados en la camaradería imaginativa con Malory, se publicaron póstumamente como The Acts of King Arthur and His Noble Knights.

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