La noche del 20 al 21 de octubre una multitud aguardaba el inicio de La rosa de los vientos y la voz de Juan Antonio Cebrián. No pudo ser, nos había dejado víctima de un infarto, un abismo en su corazón grande al que quizás lo empujamos entre todos, con una sed capaz de secar mil fuentes. Tuvo agua que ofrecer al sediento hasta esa mala tarde de otoño. Los que amaban a este hombre bueno se negaron a creer la noticia y, antes que el desconsuelo, que enseguida nos encogería, apareció el negro reproche por la desaparición de quien era imprescindible para tantos. ¿Cómo se atrevía, el caballero Cebrián, a dejarnos, tan discreto, envuelto en una pirueta de humo? Pero seamos razonables, Juan Antonio, persona de humildad franciscana, no aspiró nunca a ser nuestro padre ni nuestro maestro. Si acaso, nuestro comunicador, en el sentido más amplio de la palabra.

Nadie más lejos de ser clasificado como periodista de una u otra ideología (si todavía alguien que no lo haya conocido, leído o escuchado pretende un atolondrado expediente por su trabajo en Onda Cero o El Mundo). Uno de los más humanos entre los hombres, confiaba poco en su propia especie, a la que salvaba, sin embargo, con su risa. Lejos de actitudes sacerdotales y visionarias se interesó por todas las dimensiones del ser con tanto ardor por el conocimiento como incredulidad. Afrontó con prodigiosa dignidad las críticas (pocas) de sus adversarios: hombre de inagotable sabiduría y empeñosa formación prefirió que algunos lo creyeran desinformado o falto de escrúpulo científico a dejar de abrir ventanas a sus escuchantes, del pastor en la montaña al mandarín en la Universidad. Este Borges radiofónico guió a millones (él diría mejillones, con su impenitente buen humor) por el dédalo de su cultura, en la que cupo todo menos el exterminio del pensamiento libre, al que temió tanto como a Auschwitz.  Requiescat in pace

juan_antonio_cebrian.jpg