El estudio de la literatura medieval carece de sentido sin el conocimiento directo de su marco natural de expresión, el manuscrito. Este modelo de fijación textual es representativo de toda una cultura intelectual y material. Por la dificultad de su elaboración el manuscrito es un objeto escaso y a menudo precioso, un tesoro. Así que pocos estudiantes de literatura medieval disfrutan del privilegio de contar en su biblioteca con una buena colección de códices medievales, ni siquiera de reproducciones facsímiles. Sin embargo, algunos buenos libros de divulgación, estudios especializados sobre historia del libro y de la lectura y la visita a grandes instituciones que guardan, como la Biblioteca Universitaria de Salamanca, espléndidas colecciones de manuscritos, pueden allanar el camino. Pierpont Morgan fue de las pocas personas que no fueron reyes, nobles, papas u obispos, en poseer una excelente colección de manuscritos, en la biblioteca que fundó gracias a su interés y enorme fortuna. Hoy día podemos disfrutar de una de las bibliotecas-museo más bellas del mundo, si nos es posible viajar a Nueva York, y de una generosa página web en la que consultar buena parte de sus famosos códices. Imprescindibles el Beato de Liébana, un comentario al Apocalipsis de mediados del siglo X o la llamada Biblia de los Cruzados (1240).

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