Acuse de Recibo


Antonio Rodríguez Villa, Memorias del Saco de Roma. El relato documental del asalto y saqueo de Roma en 1527, estudio preliminar de Ana Vian Herrero, Córdoba: Almuzara, 2011; LX+347 págs.

Saludamos hoy la reaparición de una de las obras claves del diplomático, archivero, bibliotecario, académico de la Real de la Historia, constitucionalista y, en fin, erudito y madrileño, Antonio Rodríguez Villa (1843-1912).

La investigación de Rodríguez Villa recogió por primera vez un corpus de documentos esenciales sobre uno de los pasajes más célebres de la historia de la España imperial, sintetizado con esta galanura y brío por Ana Vian en su introducción crítica (pág. XIV):

“Los soldados mercenarios del emperador Carlos V (alemanes, españoles e italianos), en harapos, hambrientos y sin paga desde semanas antes, atraviesan la Península Itálica a principios de mayo de 1527 siguiendo al Duque de Borbón con la promesa de asaltar Roma. Negociaciones y conversaciones entre el Condestable y las fuerzas de la Liga de Cognac, encabezadas por el Papa, han fracasado. Las últimas consignas del Virrey de Nápoles , Charles de Lannoy, no llegaron, según algunos, a Borbón, o simplemente fueron desoídas, lo que se confirma como más verosímil. El 6 de mayo de 1527, lunes por la mañana, una densa niebla parece proteger mágicamente a los asaltantes, debilitados y sin artillería, que sin embargo alcanzan a traspasar la muralla de la ciudad santa. El Duque de Borbón muere de un arcabuzazo. Nada ni nadie pudo detener a aquellos soldados violentos durante casi diez meses. El Papa quedó preso con un puñado de cardenales en el castillo de Sant’Angelo.”

En su estudio preliminar, Ana Vian, especialista en la literatura y la historia del llamado “Saco de Roma” (entre su dilatada bibliografía al propósito cabe destacar El “Diálogo de Lactancio y un arcediano” de Alfonso de Valdés: obra de circunstancias y diálogo literario (Roma en el banquillo de Dios), Toulouse: Presses Universitaires du Mirail, 1994), afronta con perspicacia crítica los relatos de este hecho histórico y sus motivaciones (políticas, religiosas, culturales, económicas…) desde el siglo XVI hasta los inicios del siglo XX. Son reveladoras las páginas dedicadas al juicio de la obra de Rodríguez Villa en paralelo al mismo asunto tratado por Antonio Cánovas del Castillo y cómo ambas miradas se dilucidan condicionadas por los debates de carácter historiográfico de su contexto cronológico. Las páginas dedicadas a la literatura y, en un sentido más amplio, a la producción textual en torno a la interpretación de este acontecimiento, presentan en toda su complejidad y expansión genérica la cuestión palpitante que supuso para el destino de Europa el Saco de Roma. Una lección para el presente y el futuro.


Alguien envenena a los pájaros, Joaquín Rubio Tovar, Madrid: Ediciones de la Discreta [Prosa Nostra, 36], 2011.

ISBN 978-84-96322-44-8

A Joaquín Rubio solo le falta ya su Avellaneda para que Pepe Carrasco, esto es, José Carrasco Espandolín, la flor y nata de la investigación policial, concurra con don Quijote (con tanto o más de Sancho), en el concurso de la fama. Este caballero atribulado, Esplandián venido a menos y a poco menos de menos, retoma sus singulares aventuras en este libro segundo de título Alguien envenena a los pájaros. Así se lo manifiesta Octavio, el primo mayor, el amigo y el hermano, a Pepe, a propósito de la misteriosa muerte de numerosas variedades de pájaros en la manchega laguna de Salicor: “¿Y qué ha sido de tu vida? Sé de ti por una novela que escribieron. – ¿Una novela? –Sí, una en la que eras el protagonista. Tú y un tal Manolín. – ¿Cómo se llamaba? – No me acuerdo. Parece que no acababa, que se quedaba cuando te ibas a Coslada.” No falta tampoco su bálsamo de Fierabrás aviado en una túrmix. La receta merece la pena: aceite de oliva, pulpa de planta de áloe, aceite de ricino y ciruelas machacadas.

Como en los viejos libros de caballerías, también, en los tiempos en que estos se escribían en verso, los senderos de la narración se bifurcan, y el protagonismo alterna a Pepe Carrasco con el joven investigador y agente de los Servicios Secretos Británicos Erik Banostangue. Salvo ligeros interludios, Pepe y Erik se parten la ficción cual Galván y Perceval.

La novela, también como aquellas antiguas, guarda la desproporcionada proporción entre lo particular, la hazaña individual, el paisaje local y las trascendencia universal (y hasta cósmica) de los actos de estos héroes imposibles y sus antagonistas: para el caso, una red de terroristas internacionales. El bien se enfrenta al mal y lo derrota. Pero la solución no es tan sencilla. Entre el bien y el mal el espacio ocupado por la sombra, por la decadencia de la humanidad (y de las humanidades) es el auténtico punto de fuga de la reflexión.

Lo cierto es que los héroes y sus adversarios, tanto los directos como los indirectos (la estupidez en todas sus formas) rememoran en sus frases, recursos y soluciones dignas de los personajes de tebeo de Ibáñez, con su TIA, su Superintendente Vicente, su Doctor Bacterio, Mortadelo y Filemón, etc. Lo grotesco y el esperpento, naturalizados en un lenguaje no barroco, sino directo y pasmosamente claro, punzante, dislocado y visionario, divertidísimo, se avecina cada pocos pasos a la reflexión amarga y desencantada de una vida en que los inocentes mueren sin sentido o bien ven truncadas irremediablemente sus esperanzas: es el caso de los pájaros y de Trini (su voz, el trino, en la ciudad), una mujer sencilla enamorada de nuestro adicto al mester de soltería cuyo brutal asesinato dará fuerzas a Carrasco para desvelar el misterio. En su tránsito por las tierras de La Mancha (Puerto Lápice, Campo de Criptana, Alcázar de San Juan…), Carrasco pondrá en funcionamiento una poderosa y particular lógica deductiva en parajes y situaciones que recuerdan las del Plinio de Francisco García Pavón.

Paralelamente a esa “línea de investigación” y al camino de la huída, pues Carrasco es perseguido por sus propios colegas tras haberse escapado de una prisión preventiva acusado de todo y de nada, se desarrolla la investigación lógico-deductivo-filológica de Banostangue, especie en extinción de humanista que, por vía de asombrosos razonamientos, llegará a las mismas conclusiones que Carrasco para arribar a la meta apenas un tubular por detrás del madreleño (sic).

La introducción de Banostangue y, en particular, de su maestro, Edward Entwistle (que recuerda al insigne hispanista y estudioso de la literatura artúrica William J. Entwistle) es crucial como portavoz narrativo de uno de los sedimentos más densos de la novela, el planto por la desaparición del sueño del humanismo, de esa Vieja Europa cuyo propósito había sido recuperar los valores de la razón y el pensamiento y que ahora ha naufragado definitivamente: Esto nuestro [la filología] se ha acabado, es un saber de otro tiempo […] los humanistas no pintamos nada.

Entre la complicidad nostálgica de una década tal que la de los ochenta, de la que comparecen expresiones como “de pila máster” de los queridos Electroduendes, a la carcajada que levanta la sátira de la vida posmoderna en el festival cultural Manchachic, se abre paso el torrente de lágrimas en que se deshace Carrasco cuando todo acaba, por la desaparición de tantas cosas buenas y el triunfo del mundo que es sobre el que quiso ser.

 

Paolo Bensi, Juana. Dramma in due atti, Florencia: Le Cáriti Editore [Talia, 8], 2011.

Un escenario desnudo, cercano al vacío, una cámara oscura, un espacio mental. Tres personajes (trinos) y uno solo verdadero, en lucha por una identidad disputada. Tres actos y una idea que traspasa a todos ellos. Juana, sor Juana Inés de la Cruz (1648?-1695) y dos hombres, el Filósofo y el Eclesiástico, en una celda del convento femenino de San Jerónimo, en Ciudad de México, 1693. Asunto: el forcejeo intelectual del Filósofo y el Eclesiástico con Juana, violentada hasta ser conducida a una renuncia ominosa, a la anulación de su vida expresiva: la derrota de la diferencia por la convención anodina y banal de una vida de entrega sin significado para los otros. La diferente incomprendida, sospechosa, la luminosidad temida; en definitiva: Juana en el diván, un psicodrama.

El autor de este drama es Paolo Bensi, laureado en Farmacología con una tesis experimental titulada Sulla natura del gruppo carbonilico delle aminossidasi contenenti rame. Si uno es invitado a cenar por dos amigos, uno profesor de literatura, otro farmacéutico, ¿cómo imaginar que al día siguiente (con exquisita prudencia, no en el ardor de la conversación nocturna), será el farmacéutico y no el profesor de literatura el que le haga regalo de una obra dramática de su puño y letra?

Este hecho me conmovió: en realidad entre personas cultivadas no debería tratarse de una rareza, sino antes bien de una muestra de que más allá de las rendiciones cotidianas a la baja política y a la infra economía, existe una vida civil sólida, con ideas fuertemente asentadas.

Fuera de toda aparente lógica de actualidad y, en cierta medida, de los senderos del género literario, surge Juana, el drama en dos actos de Paolo Bensi, de profesión farmacéutico, de ambición, ciudadano.

Drama significa para este texto pensamiento representado. No conviene juzgar el texto desde el punto de vista de la escena, pues este es un drama despojado, un teatro interior, una psicomaquia. Como acción dramática el texto pudiera ser tan aparentemente estático como un drama litúrgico del medioevo; como devenir de ideas enfrentadas es fluido en su característico perpetuum mobile dialéctico del sic et non. No son más que tres personajes: no siempre todos ellos se encuentran en escena, ni siquiera Juana, la protagonista.

Las dramatis personae recuerdan a las figuras de la poesía alegórica medieval, o al auto sacramental hispano: Juana (Mujer/Hombre); Eclesiástico (Fe); Filósofo (Razón). Su conversación, siempre alada, sobre argumentos elevados, los atrapa, más que en la dinámica del drama, en la del coloquio espiritual o coloquio de ideas.

Los escarceos de intercambios a tres voces son más escasos y menos representativos que los diálogos a dos voces: Juana-Eclesiástico / Juana-Filósofo (más breve) / Eclesiástico-Filósofo… Estas son las tres unidades dialógicas básicas entre el principio y el fin de la obra. Tal situación invita a pensa que no existe una encarnación real de los personajes, sino que esta trinidad habita exclusivamente en un debate mental, en un sueño, por emplear una expresión juanina. Importa más pensar en ellos como ideas parlantes que como personajes de carne y hueso.

Las posiciones de los personajes son claras y hasta cierto punto estáticas, pero no imponen una presencia monolítica, sino que se deslizan en su conversación a una llamativa apertura, la del público (atípico) que reclama la obra.

Esta obra “de tesis o ensayo”, si es válido recuperar marbetes de hace unas décadas, no es, con todo, un mero experimento, pues al autor le falta una voluntad estética decidida que se enseñoree de la escritura. Por ello es más relevante en su intención la propuesta de una conversación civil, la invitación a reflexionar sobre viejos temas en calidad de nuevos y acuciantes, pues nunca llegamos a desprendernos de ellos.

En este sentido concreto, la obra navega a contracorriente: esos temas centrales de nuestra tradición humanística se consideran en el mercado literario old-fashioned. El drama, a la postre, tampoco se propone indagar sobre la compleja personalidad de sor Juana (a propósito de la cual la bibliografía y las posturas, tradicionales y posmodernas, son infinitas); tampoco en los asuntos del México colonial; pero sí en otros que son de los tiempos de siempre y de los que debiéramos ocuparnos, no digo que todos los días, pero sí de vez en cuando: como yo mismo aquella tarde de jueves en que leí Juana y no me cuidé del canon occidental ni de parnasos poéticos, sino del placer de corroborar que resisten ciudadanos con los que dialogar fuera del espacio estrecho de nuestras propias mentes.

 

Sobre Sor Juana Inés de la Cruz véase el espacio dedicado en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.

La storia di Jacob Xalabín, int. de Núria Puigdevall i Bafaluy, ed. crítica y trad. de Anna Maria Compagna, Alessandria: Edizioni dell’Orso [Gli Orsati. Testi per un Altro Medioevo, 32], 2010.

La expresión “capolavoro della letteratura romanza” aplicada al Jacob Xalabín que figura en la contracubierta de este libro quizás resulte un tanto exagerada a tenor de la ponderada opinión que acerca de su estilo y lengua se ofrece en la introducción. La voluntad de promoción editorial no debe confundirse, sin embargo, con el interés científico-literario, que es el que interesa a la hora de considerar esta nueva edición del Jacob. Es esta una pieza literaria menor que, en su posición excéntrica, en varios sentidos, permite reflexionar, justamente, sobre la confección de una historia literaria románica. Además de las ediciones anteriores, todas relacionadas en la bibliografía de este volumen, existen ahora tres traducciones a lenguas romances modernas: español, francés y esta última al italiano. Precisamente, que este texto lateral para la historia de la literatura europea haya recibido  tal atención en la última década resulta reconfortante como ejemplo de la vitalidad e interés translingüístico de los antiguos relatos románicos.

Ello resulta más llamativo si consideramos que, en correlato a su exigua tradición medieval (un único manuscrito conservado de escaso valor material), su tradición textual desde 1906 ha de considerarse un éxito sensacional. Esta relativa frecuencia editorial conforma una historia propia que (no sólo respecto a este texto) que ha de construirse en el futuro como crónica de una disciplina que tensa su arco entre la estricta arqueología, literaria y lingüística, la historia positiva…, y los nuevos enfoques de la historia cultural (lo raro, lo transgenérico, lo fronterizo…).

Jacob Xalabín es un texto anónimo en prosa catalana compuesto aproximadamente entre 1395-1402 que despliega una ficción de fondo histórico que puede ubicarse entre 1387-1389 (con un mar de fondo ideológico difícil de definir con certeza, según trasciende de las varias hipótesis barajadas en la introducción). Se ha conservado en un único testimonio manuscrito, mútilo, escrito por una sola mano en letra gótica bastarda en fecha indeterminada del último cuarto del siglo xv. Este manuscrito, que perteneció a la Biblioteca Colombina de Sevilla, se custodia en la actualidad en París, Bibliothèque Nationale de France, ms. Esp. 475, fols. 1-20v (conservados), junto a La filla del l’Emperador Constantí, fols. 22-35.

La istòria narrada se condensa en la rúbrica inicial, que recuerda a la de los futuros pliegos sueltos de sucesos y remite a todo un conglomerado de textos de ficción caballeresca breve y de dominante aventurera y mediterránea: “Açí comenssa la istòria de Jacob xalabín, ffill de l’almorat, senyor de la Turquia, on se conte quines aventures li vengueren en la sua vida ne con ne en qual manera finà sos dies per mans de Beseyt bey, son frare bastart, qui axí mateix aucís son pare, segons que hoirets.”

Traduzco el resumen argumental de la contracubierta: “En el centro de la narración se encuentra el príncipe Jacob, hijo del sultán turco Murat I. La madrastra se enamora de él y Jacob se ve obligado a abandonar su tierra en compañía de su amigo Alí, hijo del visir. Gracias al valor que demuestra con las armas y a su belleza conquista el amor de la princesa Nerguis, con la que se casa. De vuelta a su reino, sin embargo, Jacob es asesinado en la famosa batalla de Kosovo por el hermanastro Bayaceto, que se hace con el reino.” La orientación a la lectura es la siguiente: “La particularidad de esta historia reside en el hecho de que se trata del primer texto occidental escrito desde la perpectiva oriental, un mundo fascinante y al mismo tiempo amenazador para los cristianos de la época. La adherencia a la historia y la geografía de su tiempo se conjuga con un cuento de aventuras en el cual los elementos aristocráticos y populares, cultos y semicultos, occidentales y orientales, se mezclan de manera intrigante y atractiva.”

La introducción de Núria Puigdevall es ejemplar por su claridad y carácter sintético, que resuelve todos los puntos de arranque para ulteriores investigaciones. Así la conjugación y transformación de hechos históricos en la ficción, capítulo de especial relevancia, la discusión acerca del género de la obra y sus posibles correlatos románicos, su estructura y su lengua, los aspectos codicológicos y la bibliografía histórica. La edición de Anna Maria Compagna reproduce con toda solvencia el manuscrito de base (con cierta tendencia conservadora en lo gráfico que, en cualquier caso, no molesta). La traducción italiana, ligera y gustosa, resuelve con agilidad los pasajes difíciles del texto catalán que, por otro lado, viene arropado con las notas necesarias para su comprensión crítica y contextual.

La memoria de Europa

Pliegos de Yuste. Revista de cultura, ciencia y pensamiento europeos, 11-12 (2010)

Todavía crujientes, acaban de aparecer los números 11-12 de Pliegos de Yuste bajo el título genérico La memoria de Europa. En la sección monográfica dedicada a este tema intervienen personas de prestigio en sus ámbitos académicos, científicos, políticos, etc. Interesa esta pluralidad que mantiene la revista desde su aparición en cuanto permite pulsar las diferencias y paralelismos entre las opiniones más técnicas de especialistas consagrados al asunto tratado junto a visiones del mismo desde otras perspectivas, no necesariamente menos útiles.

Por mi parte, cada uno tiene sus manías, empiezo siempre por la sección “Nuestros clásicos”, mi favorita, y luego por las reseñas, para ir subiendo por el índice hasta tomar “El Timón” con las dos manos.

Versión electrónica

Pilar Lorenzo Gradín y Simone Marcenaro, Il canzoniere del trovatore Roi Queimado, Alessandria: Edizioni dell’Orso [Medioevo Ispanico, 2], 2011.

Este Canzoniere constituye el segundo volumen de una colección, Medievo Ispanico, dirigida por la profesora Pilar Lorenzo Gradín (Universidad de Santiago de Compostela), de cuyo primer volumen es responsable el colaborador del título que aquí se comenta, Simone Marcenaro, L’equivocatio nella lirica galego-portoghese medievale, 2010. El Cancioneiro de Roi Queimado es producto que se destila del Proyecto de Investigación La lírica gallego-portuguesa en la corte de Alfonso X. Autores y textos, subvencionado por el Ministerio de Investigación y Ciencia de España.

Este libro y esta colección muestran al  tiempo la laboriosidad minuciosa y la generosidad con los amigos y colegas, y con los jóvenes investigadores, de la profesora Lorenzo Gradín. Como buena maestra no teme a la juventud (que ella misma no ha abandonado) ni a la inteligencia, sino que integra ambas cualidades (no siempre complementarias) en proyectos de calado para el ámbito de estudios de la filología románica.

Buena muestra de ello es este Canzoniere, que sigue en gran medida las pautas establecidas para la edición de su Afonso Lopez de Baian (2008). El libro ofrece una extensa introducción de casi cien páginas en las que se ponen sobre la mesa todos los datos biográficos que ha sido posible recopilar a propósito de Queimado, una muy detallada recensión de la tradición manuscrita de sus composiciones y un estudio literario de su poesía, con especial referencia a la técnica poética. Los criterios de edición preceden a los textos de Queimado, distribuidos en tres secciones clásicas, cantigas de amor, cantigas de amigo y cantigas de escarnio e maldizer.

La edición de los textos es digna sucesora de las de los grandes romanistas: se ofrece un texto muy limpio y depurado al que siguen las variantes y las referencias fundamentales a la bibliografía de los manuscritos. Es digna de mención la atención concedida a las rúbricas y notas marginales, tratadas siempre con gran detalle (y gran angular). Se cuida después de las cuestiones de re metrica, se traduce el texto, se comenta y, finalmente, para no dejar ningún cabo suelto, se anota casi palabra por palabra. El resultado de este proceder en cada una de las composiciones recogidas es de un rigor y exhaustividad que impone, pero que no desanima, antes al contrario, al debate científico.

El libro se completa con una serie de apéndices entre los que se encuentran una cantiga de Pero Garcia Burgalés a Queimado, un rimario, un glosario y una amplia bibliografía.

WEB

Elena González-Blanco García, La cuaderna vía española en su marco panrománico, Madrid: Fundación Universitaria Española [Serie L, 58], 2010.

Este libro (de casi 400 páginas) es la primera entrega y la promesa de una vasta continuación sobre la historia, el sentido y la técnica de la cuaderna vía en la Romania. Su lectura puede enriquecerse, de momento, con varios artículos de la misma autora dedicados a similar propósito, siempre con amplitud y detalle.

Este volumen cuenta con dos padrinos de excepción: Ángel Gómez Moreno, responsable de un personal prólogo sobre el significado de la cuaderna vía en su itinerario académico que  justifica, con creces, el relevo generacional (remontable a su propio maestro, don Francisco López Estrada); Fernando Gómez Redondo, que colabora en la edición a través de su Proyecto de Investigación Historia de la métrica medieval castellana, que sentará las bases de la reevaluación, tan necesaria, de este campo de estudios.

Esta monografía de Elena González-Blanco es, ante todo, un libro útil. Útil en dos sentidos: es un repertorio o censo del “corpus del tetrástico medieval en romance”, desde finales del siglo XII hasta principios del siglo XV; la lectura de este repertorio obliga a una reflexión profunda de los encasillamientos habituales en la historia de la literatura medieval.

En España (excluyamos a los especialistas más solventes) la cuaderna vía ha sido sinónimo de un grupo muy determinado de composiciones poético-narrativas de dominante moral o doctrinal situadas bajo el marbete de “mester de clerecía”, lo que ha dado pie a suponer que esos son los únicos poemas de la cuaderna vía y, más todavía, que este modo de producción poética resultaba específicamente hispánico, más allá de que al verso alejandrino que compone cada uno de sus cuartetos o estrofas se le asignara una ascendencia francesa. Pues bien, este libro muestra de forma indubitable la extensión de la forma denominada cuaderna vía en todo el territorio de la Romania y en un amplísimo corpus de poemas que comparten una “poética común”, pero cuyos temas y técnicas (como mínimo) resultan de una excitante variedad. En otros lugares se fundamentará el anclaje de esta poética en modelos latinos.

De momento aquí se nos presenta un detallado estado de la cuestión en la parte introductoria, más cuatro bloques geográficos y cronológicos. Cada uno de ellos va precedido de una breve introducción que contextualiza sus problemas. Los tres primeros son los de mayor amplitud y están consagrados a la literatura francesa, la italiana y la “española” (añado las comillas); el último a otras literaturas románicas como la provenzal, la catalana o la galaico-portuguesa. Cada sección se divide en periódos y orden cronológico y en fichas, a la manera de un diccionario filológico, organizadas por autores-obras u obras. Con notable generosidad, cada ficha recoge los datos contrastados y más relevantes sobre cada texto en cuestión, desde su tradición manuscrita a sus ediciones modernas, cuestiones sobre la autoría y la datación, resumen temático, organización estrófica, etc.

Es preciso entender que este corpus no constituye un tratado sobre la poética (ni siquiera sobre la métrica) de la cuaderna vía sino, como se ha indicado, un repertorio de textos vertebrados por esa poética. Las conclusiones son, en parte, un avance de lo porvenir, es decir, de ese ulterior análisis sobre el modelo de versificación que ejemplifica la cuaderna vía, su trascendencia y significado para la historia de las formas poéticas y, desde luego, culturales.

Queda en el horizonte, pues, la ambición mayor de caracterizar la “poesía narrativa medieval panrománica”, en un salto más allá de la cuarteta monorrima en alejandrinos. El libro se cierra con un índice de autores antiguos y medievales, un índice de siglas y una completa bibliografía en que el curioso hará bien en entretenerse, pues encontrará referencias poco habituales e incluso olvidadas que (aunqe no siempre son relevantes desde el punto de vista filológico) harán las delicias de quien se incline por la bibliomanía.

Sólo son indispensables las cosas (aparentemente) inútiles [Francis Picabia]

De la officina victoriana (la de Víctor Infantes, vaya), me llega el último mes un cesto con varias frutas. No sabe uno bien a cuál hincar el diente primero. Empezamos por el tradicional aguinaldo, nada más y nada menos que una Navegación para el Cielo (Barcelona: Ioseph Llopis, 1688) que compone un cartujo como carta de marear para llegar sanos y salvos al puerto que más interesa. El texto hay que verlo, más que leerlo, por el plegado editorial, entretenido billete de amores sacros y prenda de bibliófilos. Todo ello va explicado como, en este caso, dios manda, con su bibliografía y razones apostadas.

La segunda fruta o aperitivo es, secunda secundae, la parte II del “Censo de ejemplares de la primera edición de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (Madrid, Juan de la Cuesta, 1605)”, Anuario de Estudios Cervantinos, 7 (2011), págs. 25-52, que trae 6 nuevos ejemplares que añadir a la lista de 14 de la primera entrega. De ella y del Grupo PrinQeps 1605 ya hablé en un anterior “Acuse de Recibo”.

La tercera cosa es una de esas labores bibliográficas y de historia cultural que amenizan tanto como ilustran: “Un ejemplo áureo de la escritura gráfica de la oralidad. Proverbios en imágenes, refranes en acción”, Cultura oral, visual y escrita en la España de los Siglos de Oro, dir. José María Díez Borque, eds. Inmaculada Osuna y Eva LLergo, Madrid: Visor Libros, 2010, págs. 331-365. Todo parte de don Francisco Vindel, así que quien desee saber más tiene el disfrute garantizado. A quien no le interesen los detalles y las historias de libros, mejor puede dar una vuelta por la parroquia y estirar las piernas.

Luego, para quien salte aperitivos y postres, hay también un plato principal, bien alimenticio; re-lea el último libro de Víctor Infantes, La trama impresa de Celestina. Ediciones, libros y autógrafos de Fernando de Rojas, Madrid: Visor [Biblioteca Filológica Hispana, 121], 2010, con sus tres partes. Si alguno (que habrá) hace tiempo que no revisa cuestiones celestinescas, pero sigue hablando u opinando de ellas, cuidado, se le pueden caer los palos del sombrajo.

Alexandre, ed. Jorge García López, Barcelona: Crítica [Clásicos y Modernos, 33], 2010.

Esta edición crítica (crítica de verdad, según los cánones mejor probados de los criterios neolachmannianos), por su solvencia, por su formato y por su precio promete ser el texto de referencia sobre el Alexandre durante muchos años. El Alexandre o Libro de Alexandre es un extenso poema en versos de cuaderna vía (coplas de cuatro versos alejandrinos de catorce sílabas rimados en consonante) compuesto, probablemente, en torno a 1204-1207, o bien en los años veinte del siglo XIII. Su “autor” no ha sido identificado de forma definitiva. Por su fecha temprana y su calidad artística constituye uno de los más grandes monumentos literarios de la Península Ibérica.

La edición cuenta con el auxilio de una amplio estudio de 125 páginas en el que Jorge García López desgrana y resuelve siempre que es posible (con absoluta claridad y dominio) los complejos problemas de autoría, fecha, métrica, tradiciones literarias y fuentes, doctrina e influencia que el Alexandre ha suscitado.

Para el lector profesional constituyen un especial deleite las páginas (103-125) dedicadas a su tradición textual y a los criterios editoriales. Una máxima del editor debería grabarse en adelante de forma indeleble, pues es sustancial para la maltratada disciplina de la Filología: “no queremos editar teorías, sino documentos históricos”. García López, con todas las advertencias que indica con precisión en estas páginas, fija y edita el texto del manuscrito P (Biblioteca Nacional de París, Esp. 488) según rigurosos, justificados y cautos criterios ecdóticos. En este sentido, la edición de García López supone una neta novedad con respecto a los muy estimables esfuerzos realizados hasta ahora por sus predecesores.

Mita Valvassori, ed., Libro de las ciento novelas que compuso Juan Bocacio de Certaldo. Manuscrito J-II-21 (Biblioteca de San Lorenzo del Escorial), Madrid: Universidad Complutense de Madrid [Cuadernos de Filología Italiana, nº extraordinario], 2009 (ISSN 1133-9527), 340 págs.

Dos versiones castellanas del Decameron de Giovanni Boccaccio: a) la más antigua, contenida en el ms. J-II-21 de la Biblioteca del Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial; b) la edición impresa en Sevilla: Meinardo Ungut y Estanislao Polono, 1496, reeditada luego en varias ocasiones (Toledo: Juan de Villaquirán, 1524; Valladolid, 1539; Medina del Campo: Pedro de Castro, 1543; Valladolid: Juan de Villaquirán, 1550). [Vid. Juan Carlos Conde, "Las traducciones del Decameron al castellano en el siglo XV", La traduzione della letteratura italiana in Spagna (1300-1939). Traduzione e tradizione del testo. Dalla filologia all'informatica. Atti del Primo Convegno Internazionale. Universitat de Barcelona (13-16 aprile 2005), ed. María de las Nieves Muñiz Muñiz, Barcelona: Universidat de Barcelona-Franco Cesato Editore, págs. 139-156.

Un paralelo ibérico, la versión catalana anónima del Decameron conservada en el manuscrito 1716 de la Biblioteca de Catalunya, cuyo colofón indica la fecha (versión o copia) de 5 de abril de 1429, en la "vila de Sanct Cugat de Vallès" [Vid. Barbara Renesto, "Note sulla traduzione catalana del Decameron del 1429", Cuadernos de Filología Italiana, nº extraordinario (2001), págs. 295-313; cuidado con la errata "1492" para la fecha en la introducción a la traducción del Decameron más consultada por los estudiantes, la de María Hernández Esteban, Madrid: Cátedra (Letras Universales, 150), 2005 (5ª ed), pág. 78].

Ninguna de estas versiones, romanceamientos o traducciones refleja con fidelidad el texto de Boccaccio, tal y como puede leerse en la edición canónica de Vittore Branca. Ninguna de ellas es idéntica entre sí y, aunque se han hecho algunos avances notables (Hernández & Renesto), queda por filiar con indubitable certeza su tradición textual: esto es cuál, fue el texto base de cada una de ellas y qué relaciones mantienen entre sí, si es el caso, y con otras circunstantes.

Desde el punto de vista del lector cultivado, la lectura de cualquiera de estas versiones (aunque siempre se habla de la vigorosa catalana) no sustituye la de su original o la de una buena traducción contemporánea. Pero desde el punto de vista de la historia literaria y cultural sí interesa disponer de los textos y entrar en averiguaciones acerca de por qué se han configurado así y no de otro modo, y cuáles son los motivos que pueden explicar, más o menos, sus “desvíos”, transformaciones o, como recordaba Juan Carlos Conde citando a Steiner, sus desplazamientos hermenéuticos.

Para ello, claro, es preciso de disponer de los textos, más allá, si es posible, de las poquitas bibliotecas en que se encuentran depositados sus “originales”. He aquí la cuestión. De la versión catalana se espera la edición crítica de Barbara Renesto. La que se inició para Barcelona: Barcino-Els Nostres Clàssics [A, 8, 17], 1926, 1928, con introducción de Carles Riba, quedó truncada en el segundo volumen. La edición de Jaume Massó Torrents, Johan Boccacci. Decameró. Traducció catalana publicada segons l’únic manuscrit conegut (1429), Nueva York: The Hispanic Society, 1910, es asunto, hoy, de bibliófilos.

La edición crítica más urgente es, sin duda, la de la “vulgata” castellana del Decameron, es decir, la edición sevillana de 1496 cotejada con sus reediciones (porque habrá que certificar metódicamente si es cierto que todas lo son punto por punto). Aunque cualquier profesional puede desplazarse a las bibliotecas públicas para leer el texto es necesario que este sea reintegrado a su tradición, empezando por la propia hispánica.

Finalmente, el texto que en verdad me ocupa hoy, el de la primera versión castellana conocida, el denominado Libro de las ciento novelas que compuso Juan Bocacio de Certaldo, aunque ya se sabe que el título es engañoso y el manuscrito ni recoge las cien novelas del Decameron ni mucho menos en el orden y con la estructura del Decameron, con lo que como experiencia de lectura resulta ser un texto muy distinto al de un Boccaccio completo.

De este texto existe edición, que perpetró Forger de Haan, “El Decameron en castellano. Manuscrito de El Escorial”, Studies in honour of A. Marshall Elliott, Baltimore: The John Hopkins Press, 1911, 2, págs. 1-235. Se suele decir que se trata de una edición inaccesible, aunque no es del todo cierto. Yo mismo, que disto mucho de ser un acaudalado bibliófilo, la poseo en mis anaqueles, en su edición original. Y por mor de las reimpresiones ahora cualquiera puede disponer de los dos volúmenes del homenaje con fecha de impresión de 2010. De todos modos, dado lo obsoleto de los criterios de transcripción empleados por De Haan, una nueva edición puede quedar justificada. Me parece entender que Jesús Echemendi se encontraba en ello, pero sin que su trabajo se haya culminado. Luego, Juan Carlos Conde, tanto en su artículo arriba mencionado (pág. 142, n. 7), como en conversaciones personales, me ha asegurado estar a la mano con la edición de este texto y del de la edición de 1496.

Se les ha adelantado por la mano Mita Valvassori, que ha publicado el texto en Cuadernos de Filología Italiana, nº extraodinario (2009). Se trata de una publicación previa a la defensa de su tesis doctoral, encaminada por dos perfectos conocedores tanto del texto como de sus problemas, Joaquín Rubio Tovar y María Hernández Esteban. La introducción es muy breve y no avanza nada fuera de lo ya conocido, pero tampoco lo pretende. Se trata simplemente de una presentación del texto, y posterga los resultados de la investigación a la tesis doctoral.  En este futuro próximo Valvassori promete “tratar de explicar cómo se entendió por primera vez el Decameron en España, cómo se trasladó y adaptó al nuevo público y a su cosmovisión” (pág. 9). Trata al manuscrito escurialense como una “copia parcial” de la que pudo ser la primera traducción castellana, aspecto que se suele soslayar (y en el que tampoco entra su nueva editora) pero que me parece fundamental. El propósito, de momento, no es otro que el de ofrecer “un texto legible y fiable al lector” (pág. 10). Para ello se atiene a los criterios y consejos estipulados en CHARTA, La edición de textos medievales y clásicos. Criterios de presentación gráfica, San Millán de la Cogolla: Fundación San Millán-Cilengua, en prensa. Es de alabar que la editora se preocupe también por los aspectos teórico-prácticos de la puntuación del texto, materia en la que cada vez abunda más la bibliografía. El texto que ofrece Valvassori, pues, es una transcripción crítica, donde todas las intervenciones van señaladas en nota, así como determinados detalles del manuscrito u otro tipo de decisiones editoriales. Valvassori ha añadido una tabla preliminar de correspondencias entre el manuscrito del Escorial y el Decameron en la edición de Branca. La presentación carece de resúmenes o estados de la cuestión de la materia, por lo que el que no conozca los detalles hará bien en consultar la también escueta bibliografía. El único reproche que se me ocurre, sin embargo, en este aspecto, es el de no haber dedicado las páginas preliminares a dos únicos asuntos: por un lado el de los criterios de edición, que sí aparecen resueltos y, por otro, una descripción exhaustiva del manuscrito acompañada de su pertinente bibliografía especializada completa. Estoy convencido de que ese apartado crucial sí aparecera en la tesis doctoral de Valvassori, cuyo esfuerzo y cuyo texto saludamos desde ahora.

 [Este texto es el avance de una reseña cuya publicación se especificará en su momento. Juan Miguel Valero Moreno (Universidad de Salamanca & SEMYR)]. Lo prometido es deuda, véase la versión muy ampliada y revisada AQUÍ

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